Monsalvat le había vuelto las espaldas hacía rato y trataba de abrirse paso para salir, pero la gente se lo impedía, obligándole perversamente a escuchar aquellas inepcias.

—¿Qué? ¿Qué le daría?—gritaban las mujeres, deschavetadas en carcajadas grotescas.

—Pues le daría... ¡perdón por la palabra!... ¡una libreta!

Rió aquella gente con grosería y brutalidad. Algunos aplaudieron. A Monsalvat, que se abría camino a codazos, le arrojaban al rostro la infame alegría. Al encargado le palmeaban, le pinchaban en el vientre, le hacían repetir sus gracias. Monsalvat, lentamente, seguido de aquellos hombres y aquellas mujeres, iba remolcando su dolor. No oía, no veía, no sentía nada. Si en algún momento su cariño a Nacha le ordenó la violencia, en seguida comprendió que con ello se perdería para siempre, que perdería a su amiga. No, jamás la dejaría sola, abandonada a la maldad trágica de los hombres. A la maldad de los ricos y a la maldad de los pobres. Y seguía su calvario, latigueado por las palabras soeces, por las risas, por las miradas de satisfecha venganza.

Monsalvat, ya en su cuarto, pensó en aquella humanidad. ¡Ah, ahora comprendía la inutilidad de sus ideales, la inutilidad de su obra! Nada podía hacerse, nada, desesperadamente nada, mientras los hombres fuesen malos. ¿Pero quién tenía la culpa de todo aquello? La tenía la sociedad, la tenían los bienhallados. Ellos dejaban a las pobres gentes en la ignominia de su maldad natural. De su maldad natural, no. De su maldad adquirida, de su maldad que provenía del hambre, de la pobreza, de la desigualdad, de la falta de higiene, de las enfermedades. Monsalvat pensaba en aquéllos que le ofendieron, que todavía seguían riéndose bajo su ventana, y les absolvía, considerándolos como simples víctimas.

Llamaron a su puerta. Eran Julieta y Nacha.

Nadie las vió entrar, sino Mauli. El sujeto estaba en la vereda. Intentó disimular su presencia, pero apenas ellas pasaron el zaguán y subieron la escalera, corrió a hablar con el encargado. Los dos hombres, en puntas de pie, llegaron hasta el cuarto de Monsalvat y miraron y trataron de oir por el ojo de la llave. Vieron a Nacha sollozando, vieron que Monsalvat se ponía triste. Pero no sintieron compasión ninguna. Y se alejaron, al notar que las muchachas se despedían.

Monsalvat al quedarse solo, se resistió a creer cuanto había oído. ¿Era posible que Nacha no le quisiera ahora? ¿Que pudiera irse con Arnedo, sobre todo odiándolo, como aseguraba? Monsalvat en algún momento imaginó haber soñado. Durante toda la noche, tuvo a su lado como una compañera inseparable, a la Desesperación. Sus manos sintieron las manos heladas de la amiga invisible, oyeron sus oídos sus palabras fatales, sus labios se estremecieron con sus besos abominables. Durmió la Desesperación en su lecho y fué su amante: una amante trágica, horrible y ardiente.

Poco después de la salida de Julieta y Nacha, Monsalvat había ido a la policía. Él no desconfiaba de Mauli. Por repugnante que fuese el hombre, era empleado policial y no había entonces motivos para temer de él. Así se lo dijo a Nacha, con lo cual logró tranquilizarla un tanto. En la policía prometiéronle que mandarían un agente para vigilar la casa. El agente entró en el conventillo, fué hasta el cuarto de Nacha y le aseguró que vigilaría toda la noche.

A la mañana siguiente, Julieta, que había dormido en el cuarto de Nacha, se fué a su trabajo. Quedaron en que Nacha la llamaría si retornaban sus terrores.