Pero no ocurrió así. Nacha fué a la tienda y volvió casi contenta. El haber declarado a Monsalvat cómo era su cariño hacia él, parecía haberle liberado. Hasta entonces creyó que lo engañaba, que se conducía mal con él. Ahora, ¡qué enorme peso se había sacado de su conciencia! Por otra parte, Monsalvat había comprendido. Cierto que él sufría, pero Nacha esperaba que ahora volviese a su mundo y se olvidara de ella.

Monsalvat no vió a Nacha cuando regresó ella de la tienda. Del ministerio se dirigió a la casa de Torres. El médico llegaba de la calle en ese instante.

—Yo te lo advertí—dijo Torres al oir a Monsalvat, que le contaba la conversación con Nacha.—Nada bueno ibas a sacar de meterte con esas mujeres. Y ahora, ¿eh? son las desilusiones y las amarguras. En fin, has perdido casi un año de tu vida. Pero no es solamente eso. Tu reputación está por el suelo. Tienes que rehabilitarte ante la sociedad, ¿eh?

Monsalvat escuchaba todo esto, profundamente dolorido. No comprendía cómo este amigo, el único que conservara, le ignoraba tan absolutamente. Él había ido a confiar su angustioso sufrimiento al solo ser de su condición que aceptaría escucharle, y he aquí que sus palabras eran mal interpretadas. Consideró inútil explicar, y, sin dar la mano a Torres, salió de aquella casa, abatido y enfermo. Ya no esperaba nada de nadie. La vida pesaba demasiado para él. Ni ilusiones, ni esperanzas. ¡Oh abismos de la soledad! Todo perdido, irremediablemente perdido.

No quiso volver a su casa. Anduvo vagando por las calles, distrayendo sus pensamientos. A la hora de comer entró en una Brasileña y tomó un café con leche. Luego siguió su vagar por las calles, como un sonámbulo, interminablemente, lentamente. Por fin se fué a su casa y se puso a leer. Pero tuvo que dejar la lectura. Trató entonces de escribirle a Nacha una larga carta. Trató de convencerla de que ella le quería, de contagiarle su sentimiento, de mostrarle los días claros y sonrientes que vendrían para ellos si Nacha aceptase su cariño.

Pasó una hora, pasaron dos horas, pasaron tres horas... Monsalvat escribía y rompía, y continuaba escribiendo. Se levantaba, daba unos pasos, volvía a sentarse. Eran las dos. Todo dormía. La calle, silenciosa; el conventillo, silencioso.

Pero no duró mucho tiempo este silencio. De pronto, oyó como si un automóvil se detuviese allí cerca. Luego oyó como que abrían la puerta y como si pasos de hombre cruzaran el patio disimuladamente. Se asomó a la calle y no vió nada. Salió entonces al pequeño corredor sobre el que daba la puerta de su cuarto. Pero el corredor tenía una alta pared que impedía ver. Bajó las escaleras y llegó al patio. No andaba un alma. Todo estaba en silencio. Solamente en el cuarto de Mauli, casi frente al de Nacha, había luz. Supuso que el sujeto habría llegado. Monsalvat volvió a su cuarto. Se acostó. Y por efecto del cansancio, no tardó en dormirse.

Al cabo de unos minutos un ruido extraño le despertó. Parecióle un grito. Pero un grito apagado, ahogado, tal vez un grito lejano. Sin embargo, debió ser allí cerca, en la calle, bajo la puerta. Oyó casi simultáneamente voces de hombres, ruidos de pasos y de un automóvil que se acercaba. Saltó de la cama y se lanzó al balcón.

Debió dar un grito espantoso. Había visto el automóvil detenerse a la puerta, y cuatro hombres que llevaban una mujer y la metían dentro del carruaje. Y vió el coche que huía, la mujer que gesticulaba y los vecinos que se asomaban a las ventanas. Y él seguía gritando, como un loco, en la impavidez de la noche. Y se arrojó escalera abajo, y salió a la calle, mientras el automóvil huía a todo escape y doblaba en la primera esquina.