XX
Monsalvat, descorazonado, no sabía qué hacer. En la policía no pudieron darle la menor noticia del paradero de Nacha. Sólo constaba, por el testimonio de tres vigilantes, que, en la noche de la desaparición de Nacha, un automóvil pasó a toda velocidad, hacia las dos de la mañana, en dirección al sud. Uno de los agentes aseguraba haber visto dentro una mujer, a la que varios hombres sujetaban. Otro agente afirmaba que no iba en el auto mujer ninguna. Torres, a quien Monsalvat consultó el caso, le manifestó su satisfacción. A su juicio se trataba de un rapto simulado, en complicidad con la propia Nacha, que tal vez deseaba apartarse de Monsalvat y no sabía cómo hacerlo.
—Lo probable, ¿eh?, es que se haya ido con Arnedo. Esa muchacha, acostumbrada a tener un hombre, no podía vivir en el celibato, ¿eh?, a que tu apostolado la condenaba. Se acordaría del Pampa, seguro. Y esos bichos, esos muchachos compadrones, saben interesar a las mujeres. La que se enamora de uno de ellos es para toda la vida. ¡Si conoceré casos! Te digo que es una suerte. Ahora, ¿eh?, podrás ser libre. Ya era ridículo lo que estabas haciendo.
Monsalvat le miró fijamente, con dureza. Torres comprendió el reproche de su amigo pero no desistió. Estaban en el consultorio del médico, de pie, frente a frente. Torres vestía un largo delantal blanco que acentuaba su aspecto morisco y hacía más negros sus ojos, sus cortos bigotes y su cabellera enrulada.
—Sí, ridículo—insistió el médico.—¿Crees que están los tiempos para acciones sublimes? Querer salvar a una infeliz muchacha de la prostitución, pase. Enamorarse y hasta querer casarse con ella, pase también. Todos los días ocurren barbaridades de ese calibre. Pero lo absurdo es que un hombre de tus aptitudes se dedique al oficio de apóstol y ande entre atorrantes y mujeres perdidas, con el propósito de redimirlas.
Monsalvat no quiso escuchar una palabra más. Y salió de allí, sin despedirse, triste y abatido.
Pocos días después recibió una carta de Nacha. Eran cuatro líneas, escritas con precipitación. Decíale que la habían encerrado en una casa mala de la Boca y que el Pampa no la veía. Rogábale que no la buscase. Era su destino el ser una mujer de mala vida. ¡Era su destino y debía cumplirlo! Terminaba deseándole que fuese feliz y pidiéndole que volviese a su mundo, a aquella vida sin preocupaciones, de donde ella le había sacado sin saberlo. Monsalvat permaneció un largo rato contemplando la carta, releyéndola, deteniéndose en cada palabra como si buscase entre líneas las señas de la casa donde sufría Nacha.
No se dió por vencido Monsalvat. Se propuso buscar de nuevo a Nacha. Había conservado aquella lista de las mal llamadas casas de citas, que no eran en su mayoría sino vulgares lenocinios, más o menos clandestinos. No figuraba en la lista ninguna casa de la Boca. Pero había diez o doce de Barracas. Una tarde, después de la oficina, se dirigió a una de ellas.
Era un departamento bajo, al fondo de una casa de dos pisos, en el rincón oscuro de una calle cortada. Llamó a la pequeña puerta. Salió a abrirle una vieja desdentada, inmunda, repugnante. La mujer, descalza, barría el piso lleno de agua. Monsalvat no había visto nunca un tan lamentable ejemplar humano. La vieja, alta, toda huesos, se cubría con un batón, que, muy abierto arriba, dejaba ver el comienzo de dos pechos flácidos, trágicos de fealdad. Para no mojarse habíase arremangado el vestido y veíansele las piernas hasta la rodilla. Tenía un vientre abultado; puntiagudo. Completaba su figura una cabeza desgreñada y una boca que reía nauseabundamente. No había un diente en aquella boca. Veíansele las encías, anfractuosas y lívidas. Monsalvat preguntó por la dueña de la casa. Era aquel harapo humano. La vieja le pidió disculpas, en un castellano de conventillo, y le hizo entrar en una pieza, rogándole que esperara mientras iba ella a vestirse. Un extraño olor, que resultó ser de incienso, apestaba el cuarto, lleno de humo. Con sonriente asombro Monsalvat vió las paredes atestadas de estampas de santos. En una repisa una vela iluminaba a un San Antonio. Las estampas eran deplorables cromos. Las había sobre la cabecera de la cama, sobre las cuatro paredes, hasta sobre la puerta del cuarto. Unas eran pequeñas, otras tendrían medio metro de altura. Estaban unas junto a otras, sin orden, tapizando de bienaventuranza las paredes. Monsalvat pensaba si en aquel cuarto, entre tan austeros testigos, las alumnas de la dueña de casa ejercerían su oficio.