La mujer volvió, algo arreglada. Detrás de ella entró una muchacha como de diez y siete años, de pelo colorado, muy sorda y pobremente vestida. Monsalvat imaginó que fuese alguna sirvienta de casa pobre de las inmediaciones. Cuando la vieja supo el motivo que allí llevaba a Monsalvat, le pidió dinero. Monsalvat le dió un billete de diez pesos. La vieja recordó entonces que, el día anterior, una muchacha refirió allí la historia de una mujer robada y encerrada en cierta casa de la Boca.
—¿Dónde puedo ver a esa muchacha?
La vieja hizo que la chica se le acercara y le gritó al oído que quién contó esa historia. La chica dijo un nombre.
—Ah, es una que no ha de volver. Estuvo aquí por casualidad. Pero puede verla, ¿sabe dónde? ¿Conoce la casa de la Vasca? Pues allí hay un baile mañana a la noche. La muchacha irá. Pregunte por Getrude. Es una media flacona, morenucha, mañera...
Monsalvat no quiso irse sin reprochar a la vieja su oficio, y sobre todo el recibir muchachas menores. La vieja reía desmesuradamente, con su boca desdentada, descoyuntándose y echándose para atrás. A cada rato se pasaba la manga por la nariz.
—Bah, usted se cree entonces que nosotras perdemos a las muchachas. ¡Sería bueno! Mire, diga: yo tengo, ¿a ver?... cincuenta y dos años. Nada más. Y parece que tuviera sesenta y cinco, lo menos. Y mire: en veinte años que llevo en este oficio no engañé ni perdí a ninguna mujer. ¡Sería bueno! Yo no he obligado a las mujeres a perderse. Oficio ilícito, dice usted. Pero es lícito ser dueño de la gran tienda La Ciudad de París, donde es tan poco lo que pagan a las empleadas que las obligan a perderse. Diga: yo sé muchas cosas del mundo. Antes he tenido otra posición. A mi casa iban personajes. ¡Sería bueno! Pero yo no exploto a nadie, propiamente, como en esas tiendas. Yo no soy cómplice de crímenes, como los asionistas de esas grandes empresas. Mire: las mujeres no perdemos a otras mujeres. Son los hombres, los ricos principalmente, los que pierden a las mujeres. Son los dueños de conventillos, los dueños y gerentes de fábricas. ¡Casa de prostitución! ¡Sería bueno! Más casa de prostitución que la mía es cualquiera fábrica donde pagan a las mujeres treinta pesos. Y últimamente, ¿a ver?, si alguna mujer pierde a otra no somos las pobres. ¡Qué jorobar! Son las ricas, con su lujo, con el mal ejemplo que dan... ¡Sería bueno!
A la noche siguiente, Monsalvat se dirigió a la casa de la Vasca, donde encontraría a Gertrudis. Debió andar por calles oscuras, siniestras. Por fin encontró la casa, en un recoveco de callejuelas, cerca del Hospicio de las Mercedes.
Era un paraje extraño, de una rara austeridad de color y de líneas, y de una desolación enorme. Imposible concebir nada más áspero, más trágico. Una calle angosta y corta ascendía entre dos paredones, que al final torcían bruscamente. Desde allí no se veía sino el cielo y la noche, y, hacia la parte por donde Monsalvat entrara, los muros y los árboles del manicomio de mujeres. Circulaba un silencio de yermo, dormía una soledad de crimen. Monsalvat sintió un escalofrío, un vago miedo. Pero no un miedo de los hombres, sino un miedo del silencio, de aquella paz lúgubre, del infinito. Monsalvat torció por la calleja. Ahora vió muchas luces lejanas. El paisaje se había hecho más vasto. Un lirismo con quién sabe qué de fatal se dilataba en la noche. De un lado de la calle, una pared baja; y en lo hondo, un ancho y negro cauce de ferrocarril. Inmensos bultos sombríos y sin formas—vagones que dormían—se aglomeraban y confundían allá abajo. Muy lejos, hacia la masa de la ciudad, advertida en algo de grande que estremecía el aire, surgía el polvillo de las iluminaciones eléctricas. Hacia otras partes, mezclábanse sombras vagas y amarillentas luces. En el lado izquierdo de la calle alineábanse unas cuantas casas. Una de ellas era la que buscaba Monsalvat.
La puerta estaba entornada y llamó. Se oían conversaciones, risas, música de un piano. Le gritaron que entrara y entró. Al fin del zaguán, una muchacha que bebía cerveza en compañía de un compadrito le preguntó qué deseaba. El aspecto de Monsalvat debió infundir desconfianzas al compadrito. Contestaron que la señora estaba ocupada, que había baile en la casa. Pero Monsalvat insistió sin vacilaciones y lo hicieron pasar. La señora, una vasca altísima y fornida a quien encontró en el patio, desconfió también. Monsalvat inventó una historia para poder quedarse, y además le dió dinero a la mujer. Gertrudis era la muchacha que bebía cerveza. La señora la llamó aparte, para que hablase con Monsalvat.
—¡Yo qué sé!—exclamaba Gertrudis.—He oído contar eso, ¡pero vaya a saber si es verdad! Y a más, que no me acuerdo. Hace muchos días.