—No hace muchos días, porque el robo fué la semana pasada...
—Bueno, no sé. ¿No le digo que no sé nada? Y a más, que no fuí yo la que contó. Sería otra cualquiera.
Monsalvat advirtió que el compadrito los espiaba. En las piezas interiores bailábase un tango. Monsalvat veía desde el patio el perfil de un mulatón que tocaba el piano. Era un pianista pintoresco. Golpeaba la madera del piano, silbaba, a veces cantaba. Se advertía el aire espeso de los cuartos; llegaba hasta el patio la sensualidad de la danza como una cosa que fermenta. Había en el ambiente moral algo de descompuesto. Monsalvat iba a marcharse, fastidiado, cuando la muchacha cambió. Le pareció a Monsalvat haber notado una señal que el compadrito hiciera a la muchacha. Pero no dió importancia al hecho. Gertrudis, ahora sonriente y amable, decíale que iba a darle la dirección de la casa, y le pedía por favor que no contase porque podían asesinarla. En esto se acercó el compadrito. Saludó a Monsalvat sacándose el sombrero. Gertrudis dijo una calle y un número. Y le explicó al muchacho de qué se trataba. El compadrito se ofreció para acompañar a Monsalvat. Él conocía la casa, y si el señor iba solo, no lo dejarían entrar. El muchacho se hacía sencillo, humilde, bueno. Monsalvat pensó que tal vez sería un trabajador, algún muchacho decente. Y en su optimismo de la humanidad, acabó por aceptar la compañía. El muchacho se despidió de tres o cuatro amigos y salieron.
Caminaron como un cuarto de hora, por calles oscuras y enteramente desconocidas para Monsalvat. Comenzaban a abundar los terrenos baldíos. De pronto, al acercarse a una esquina, el muchacho produjo un silbido extraño. Parecía que hubiese agujereado la oscuridad. Monsalvat iba a preguntarle qué ocurría, cuando se sintió rodeado por cuatro sujetos que lo amenazaban con puñales y revólveres. Comprendió la inutilidad de hablar ni de indignarse, y entregó cuanto tenía.
Monsalvat no se desanimó. Tampoco sintió enojo contra los ladrones. Pensó que tal vez aquellos pobres diablos necesitasen ese dinero, y no se acordó más del incidente. Caminó en la misma dirección a que le habían traído, suponiendo llegar en seguida al río. Y así ocurrió. Apenas vió el Riachuelo se juzgó en tierra civilizada. Y después de informarse, se echó a caminar, dispuesto a hacer a pie el largo trayecto que era necesario para llegar por allí a la Boca.
Ahora Monsalvat pensaba en su situación. La duda le acosaba y se sentía infeliz. El fracaso se le aparecía en su camino incesantemente. Recordaba la confesión de Nacha, aquella noche, la víspera del rapto, en presencia de Julieta. ¿Cómo era posible que Nacha temiese el ser atraída por Arnedo, un hombre brutal, que la tiranizó perversamente? ¿Cómo era posible que ahora, con sus ideas de bien, después de varios meses de vida honesta, Nacha creyese fácil el retorno al vicio, pues vicio era el irse con Arnedo? ¿Qué abismos, qué misterios incomprensibles había en el ser humano? Monsalvat no creía que Nacha hubiese dejado de amarle. Le amaba, sí, y no sólo espiritualmente, como ella suponía; no sólo como una hija a su padre, como una hermana a su hermano y como un creyente a su Dios. Le amaba también con todo su ser. Pero Nacha, acosada por el instinto, en un momento en que Arnedo la perseguía, debió recordar su vida con el Pampa, las caricias del Pampa, todo el amor violento e insaciable que le daba el Pampa. Y entonces, Nacha dudó. Y creyó seguramente que no amaba a Monsalvat sino al Pampa, y tuvo horror de sí misma, y horror de la vida y horror de su destino. Monsalvat iba costeando el río, donde viejas barcas dormían. Alguna canción de marinero interrumpía el silencio. Tabernas de nombres exóticos, que recordaban todos los países del mundo, orillaban la calle. Dentro de las tabernas, hombres mugrientos bebían. Monsalvat veía su vida de otro tiempo. Rememoraba sus viajes, sus años en Italia, las mujeres que allá en Europa le amaron, su existencia despreocupada y feliz. Y he aquí que todo aquello lo había abandonado, y que ahora, después de haber estado en una casa infame, después de haber andado en compañía de un ladrón, iba caminando por un barrio miserable, en busca de una mujer de mala vida. Tuvo lástima de sí mismo.
Preguntó a un sujeto que pasaba por la dirección que le dió Gertrudis. No era lejos de allí. Dijo adiós al Riachuelo, que le había hablado de sus más bellos recuerdos, que le había entristecido, y se encaminó hacia la casa.
Pasó por una calle que tenía de un lado una enorme pared, que pudiera tomarse por el muro de una catedral o de un convento y que tal vez fuese una fábrica o una vulgar barraca. Cruces negras jalonaban en lo alto la pared. Pasó luego por otra calle de tabernas o posadas de escandinavos. Monsalvat se asomó a dos o tres. Exóticas decoraciones interiores. En alguna, la familia hacía sociedad con los parroquianos. Una casita con vago aire colonial y tiestos de flores en los balcones lindaba con una hermética casucha que tenía un gran farol en la puerta y esta palabra en el farol: Fram. En otra posada de ésas, una vieja ramera, un deshecho humano vestido extrañamente, una mujer que debió ser bella y que por irrisión o paradoja del destino conservaba en la cara restos de nobleza, hacía reir, borracha, a cuatro hombres altos, rubios y silenciosos que parecían marineros. Pasó luego por otra calle arbolada y en donde las tabernas, con su interior pintado de un solo color, azul o verde, y siempre intensos, hacían pensar en las decoraciones de los bailes rusos. Y entre casuchas edificadas sobre pilotes a causa de las inundaciones,—casuchas de madera, y las más pobres de madera y latas—llegó a la dirección que oyó a Gertrudis. Vió que no era un número falso. Empujó la puerta y entró. No, allí no podía estar encerrada Nacha. Sería el más espantoso de los crímenes llevarla a aquel lugar donde sólo podía vivir y frecuentar la hez humana. Era un patio techado, de vastas proporciones, cuadrado por piezas altas y bajas. Más de cincuenta sujetos mal entrazados, sucios, hediondos, permanecían sentados o formaban grupitos. Hasta había algunos negros, seguramente norteamericanos. Nadie hablaba. Tres o cuatro mujeres, vestidas de rojo rabioso, con guardas negras arriba y abajo, recorrían los grupitos tratando de excitar a aquellos pobres diablos, con repugnantes torpezas. No, Nacha no estaba allí. No era creíble que el Pampa la encerrase en un lugar tan horrible. Y salió, con la seguridad de que le habían hecho una broma brutal.
Al día siguiente, empeñado en hallar a Nacha, anhelando salvarla de las garras siniestras en que tal vez había caído, retornó a aquella casa cerca del Hospicio. Y a fuerza de dinero logró encontrarse a solas con Gertrudis. La muchacha, con una inconsciencia infinita, reía de su broma. Después le echó la culpa al malevo.