—¿Y cómo vive usted con un hombre así, con un ladrón?—le preguntó Monsalvat.

—¿Y...? Yo no le he averiguado el oficio, pues.

—Pero usted sabe que él roba y asalta...

—Bueno, ¿y qué hay con eso? ¿Y a usted qué le importa?

Después de larga discusión y de prometerle dinero si no le engañaba, Monsalvat logró la dirección deseada.

Era una casa de buen aspecto, entre el Parque Lezama y la Boca. Costóle entrar. A su pedido, la dueña de la casa le presentó a todas las muchachas que en aquel momento estaban allí. No vió a la que buscaba. Pero como había una que dijo conocerle, y precisamente del cabaret, de aquella noche en que él defendió a Nacha, Monsalvat se fué con ella. Era una muchacha gangosa, gorda y de aire estúpido.

—Yo te vi aquella noche, ¿sabés?, y quería conocerte. ¡Qué dicha haberte encontrado, viejo!

Le tuteaba como si fuese un amigo, aunque nunca hablara con él. Monsalvat le explicó el objeto de su presencia allí. La muchacha quedó desilusionada. Pero le dió a Monsalvat algunos datos.

—Yo no sé nada, ¿sabe?—dijo, sin tutearle ahora.—Pero sentí hablar. Una noche trajeron a una muchacha. La tuvieron dos días, creo. Yo falté esos días. Y ya se la han llevado. ¿Y dice que es Nacha? ¡Quién le diría, tan pretenciosa!

Monsalvat, sombrío, pidió la explicación de esta palabra.