—Sí, porque creo que la han llevado a una casa de ésas... de lo último. De la calle Olavarría o Necochea, no sé cuál. Y si quiere encontrarla, vaya a esas casas y pregunte.

Monsalvat tuvo que ir a esos lugares. Dos veces había bajado al infierno, pero nunca imaginó que ahora debiese descender hasta los últimos círculos del abismo. Y para buscarla a Nacha bajó allí. Bajó a la sima espantosa donde yacen las infelices que han perdido todo: el alma, la personalidad, la posesión de su cuerpo. No son dueñas ni de su cuerpo, porque su cuerpo pertenece a unos hombres inicuos que las venden. Las venden como a los perros, como a los caballos. No son siquiera esclavas. Los esclavos tenían ciertas libertades, por lo menos la libertad de huir, de matar o de matarse. Ellas no pueden nada de esto. No tienen libertad para estar solas ni para estar tristes, ni para rechazar al hombre que les disgusta, al borracho que babea, al inmundo que apesta. Monsalvat recorría aquellos lugares, hablaba con las infelices. Estaban todas ellas bestializadas. Ya no tenían la menor idea de la moral. Ignoraban la existencia del bien y del mal. Toda aquella vida que llevaban les parecía natural, y no aspiraban a nada, sino a comer y a dormir. Monsalvat no comprendía cómo la sociedad toleraba semejante crimen. Asesinar a miles de hombres, robar, cometer los mayores delitos, no era nada junto al crimen que significa hacer de un ser humano una bestia. Porque este crimen representa el escarnio de la dignidad humana. ¡Y si fuese un solo ser! Pero eran en el mundo millones de infelices. Monsalvat veía sin cesar el desfile monstruoso y fantástico de aquellas mujeres. Las veía manchar las ciudades, pudrirlo todo, envenenar la estirpe humana. Y veía detrás de ellas, con los látigos en lo alto, con sus bolsillos hinchados de billetes, con sus conciencias deformes, a los culpables del gran crimen. Y detrás de ellos, espoleándolos, protegiéndolos, veía a los cómplices que eran la Sociedad, el Estado, la Policía, los que venden la mentira, los hombres todos, que han hecho del mundo, que debió ser sencillo y hermoso, una cosa horrible, gigantescamente desoladora.

XXI

Ninguna buena noticia obtuvo Monsalvat en aquellos lugares de la Boca. Nadie sabía nada. Le hicieron ir de un lado a otro, para burlarse de él, para robarle. Asegurábanle que tal sujeto le daría informes, y allá iba Monsalvat a buscarle, de cafetín en cafetín, de taberna en taberna. Recorrió de este modo todos los sitios de la Boca, de este barrio siniestro y rojo. Fué a las casas de juego, a los lupanares, a las posadas. Estuvo en distintas fondas y tabernas, en cada una de las cuales se hablaba un diferente idioma. Aquí oía frases en inglés o en alemán, allí palabras noruegas o rusas o finlandesas. En este sitio reconocía las extrañas lenguas balcánicas; en aquel otro los bárbaros dialectos árabes del norte de África. Entró en un bar de coreanos, en un restorán chino. Trató en un mes toda clase de gentes. Una turba de vividores, de pobres diablos, y de delincuentes desfiló ante sus ojos. Hasta en un café y en un club de caftens llegó a entrar. Y todo inútil, completamente inútil.

Una tarde volvió a aquella casa donde estuvo Nacha unos días. ¿Cómo no se le ocurrió ir antes? Pero en vez de dirigirse a alguna de las muchachas se encaró directamente con la patrona. Le ofreció mil pesos si le averiguaba el paradero de Nacha. La patrona era una vieja llena de mañas y de embustes, dicharachera, mal hablada. Fumaba unos puchos gruesos y cortos que preparaba ella misma, con hojas de tabaco del Paraguay. Al oir que le prometían mil pesos abrió los ojos. Y entonces, interesada por aquella oferta, refirió todo.

Lo detestaba al Pampa. La había engañado y explotado. Arnedo llevó allí a Nacha, en efecto. La robó una noche, ayudado por su patota y en complicidad con Mauli. Nacha quedó en la casa, encerrada como si estuviera presa. No quería aceptar ningún hombre, y parecía una furia insultando a todo el mundo. Arnedo, entonces, amenazándola con un revólver, la hizo escribirle a Monsalvat. Con esto, Arnedo pensaba dominarla, convencerla de que era inútil la resistencia a sus propósitos.

—Y a Arnedo, ¿lo aceptaba?—preguntó Monsalvat.

—¡De ande, mi vida!—exclamó la vieja, metiéndose el pucho en la boca.—A ése lo puteaba lo mismito que a mí y a toda la santa humanidad. ¡Arisca la potranquita! Y a más, que él tampoco la buscaba. Lo que quería al traerla aquí, era vengarse. ¿De quién? No me preguntés m'hijito.

—¿Y no sabe usted dónde está Nacha?