—¿Yo...? Sí, pues... Este...

Se cambió el pucho al otro rincón de la boca, y agregó:

—Mirá, mi vida. Si me aflojás cincuenta de la nación te voy a dar un lindo dato. Y te advierto que esta vieja no miente. Diciendo la verdá me he criao y diciendo la verdá me he de morir.

Monsalvat le entregó el dinero, y la vieja le dió dos consejos. Uno, que hablase con un tal Amiral, un infeliz que era amigo de Arnedo y que por plata le sacaría al Pampa la verdad. Y otro, el mejor según la vieja, que viese a una lavandera llamada Braulia, conocedora de todos los clandestinos del barrio porque "sabía" llevarles muchachas.

Y allá fué Monsalvat en busca de la Braulia. Era una negra y vivía en un cuartucho de tablas, al fondo de un terreno baldío. La negra, hedionda, motosa, parlanchina, le dijo que a la noche siguiente le contestaría. Monsalvat debía esperar en un café, sobre el río. Pero temiendo una celada, pues había aprendido a desconfiar, preguntó por qué no podía esperar en la calle, en una esquina, o en un café conocido. La negra declaró que tenía que ir donde ella decía. Y si no le gustaba a Monsalvat, se quedaría sin la muchacha.

A la noche siguiente fué al café. Su entrada no llamó la atención. Los parroquianos, unos diez sujetos divididos en tres grupitos, le habían filiado en un segundo; pero fingieron no advertir su presencia. El café era un antro repugnante, una cueva de techo bajo, y sillas, bancos y mesas llenos de grasa y mal olor. Un mulato servía en mangas de camisa. Tres negros, norteamericanos sin duda, borrachos a no poderse tener, cantaban una canción con ritmo de cakewalk. Abrían la boca anchamente, estiraban sus jetas y mostraban las encías rojas y los dientes blanquísimos. Cantaban al son de un acordeón colosal, muy parecido al bandoneón. Desde la mesa que había ocupado Monsalvat, veíase una barcaza roja y encima el cielo estrellado. Por la calle pasaba a cada momento algún borracho.

Monsalvat esperaba al mensajero de la negra, cuando un hombre se le acercó. Le dijo que pertenecía a la policía secreta y le aconsejó que se fuera. Ése no era sitio para él, y si le habían citado allí—según Monsalvat explicó—era con toda seguridad para robarle. Monsalvat abandonó para siempre el barrio.

Entonces decidió ver a Amiral. Pero a Amiral era poco menos que imposible encontrarle. No comía jamás en su casa, y muchas noches tampoco iba a dormir. Y como Monsalvat no lo conocía y Amiral era íntimo de Arnedo, no podía escribirle citándole.

Mientras conseguía entrevistarse con Amiral, Monsalvat continuaba buscando a Nacha. Empezó a faltar al empleo y a dedicar sus tardes enteras a esta desesperada búsqueda. Con aquella lista que le diera Torres, fué hurgando en todos los rincones de "la vida".