—Aquí no está. No la conocemos—le decían.
Y con su lista en el bolsillo iba a otra casa y luego a otra y luego a otra más. Explicaba, discutía, daba mil datos sobre Nacha. Algunas veces rogaba, pero otras se enfurecía e insultaba a las mujeres. Allí no estaba. No la conocían. Exasperado, con la agitación de un poseído, salía a la calle y, trepándose al primer automóvil que pasaba, daba las direcciones de otras casas. Ya no pensaba sino en encontrar a su amiga. Llegó a creer que todo el mundo se había complotado para engañarle. Pero él la encontraría porque contaba con una poderosa fuerza: la voluntad de encontrarla.
—Aquí no está. No la conocemos.
¿Cómo? ¿Allí tampoco estaba Nacha? Entonces, ¿se la había tragado la tierra? ¿No sabían nada...? ¡Mentira! Le estaban engañando, querían explotarle como tantas veces lo hicieron. Todo era embustes, hipocresía, maldad en las mujeres de la vida. ¡Y pensar que él las había defendido, que él se arruinó por ellas! ¡Ah, Nacha, Nacha! ¿Adónde la había llevado su destino triste? Ella decíale en la carta que no la buscara, pues su suerte era ser una mujer de mala vida. Pero por lo mismo la buscaría. Con más ardor que nunca, con más desesperación que nunca. La buscaría, no ya por amor, sino para salvarla de caer en el pozo de aguas pútridas en cuyo borde se tambaleaba trágicamente.
—Aquí no está. No la conocemos.
Cada una de estas frases, y otras semejantes que oía, sonaban en su cuerpo como un brutal latigazo. Salía de las casas malditas, enfermo, físicamente dolorido. Y no se habituaba a las negativas. Al principio, entraba en los lupanares con el alma ardiente de esperanzas. Pero ahora entraba vacilante, con una cara extraña: dispersa su mirada en las personas y las cosas circundantes, o fijos sus ojos en los de la mujer a quien se dirigía. Sabía que allí también diríanle: no está. Y sin embargo entraba, y hacía la pregunta. Casi siempre huía del lupanar, sin agregar una palabra. Pero más de una vez, ante la estupefacción de las mujeres, lanzó una angustiosa exclamación, o cayó sobre una silla, con sus dos manos en el rostro.
—Aquí no está. No la conocemos—oía en todas partes.
Y entonces pensó que tal vez hubiera muerto. Y al imaginar la muerte de Nacha, algo le oprimió la garganta, mientras su cuerpo sintió la sensación calmante de sumergirse en un baño de agua tibia. ¡Nacha muerta! ¿Qué haría él sin Nacha? ¿Volvería a su mundo? ¿O se quedaría allí, entre los de abajo? ¿Pero cómo era posible que Nacha muriera sin que él lo presintiese y lo supiese? ¡No, Nacha no había muerto! Nacha vivía, y le amaba a él, y estaba esperándole.