—Aquí no está. No la conocemos—decíanle siempre.
¡Y bueno! ¿Acaso él no sabía que Nacha no estaba allí? Nacha le amaba y le esperaba. Que supieran todas que Nacha le esperaba. Esto era la verdad. Y si él fué a esa casa a preguntar, lo hizo por cumplir su deber. Nada más. Podían las mujeres de esas casas irse al diablo. Ya no les preguntaría más a las muy ladronas. ¡Nacha le esperaba! ¿Qué se le importaba a él, ahora, del mundo entero? ¿Qué le importaba de la sociedad, ni de los que sufren, ni del cabaret, ni de los obreros asesinados en la plaza, ni de la muerte de su madre, ni de la muerte de su hermana? En su corazón se había entrado un pajarito azul, y cantaba, alocado, incesantemente, una dulce canción de dicha. ¡Nacha le esperaba!
¿Pero en dónde?
Mientras tanto, Monsalvat se observaba. Notó que a veces se le hacía un vacío en la cabeza, y que entonces se ponía pálido y que no podía caminar como antes. Otras veces, era un dolor en la nuca; un dolor sordo, persistente, un dolor como causado por una cuña que le hubiesen clavado allí. Pensó si sería aquello debilidad cerebral, si estaría enloqueciéndose. Se alimentaba pésimamente y casi no dormía. Se acostó, y permaneció en la cama una semana.
Una tarde llegó un sobre del ministerio. Era la exoneración. Monsalvat sonrió sin darle importancia. Junto con el sobre venía una tarjeta del subsecretario, donde le decía que el ministro lamentaba el haberle exonerado, pero ante las innumerables inasistencias de Monsalvat y sus distracciones—algunas de las cuales pudieron tener serias consecuencias—no podía dejarle en el ministerio. Monsalvat tiró aquellos papeles al suelo, sonriendo, mientras decía, en voz alta:
—¡Bueno! ¿Y qué me importa de este detalle insignificante, si ella me quiere y me está esperando?
Pero el detalle de la pérdida del empleo, lejos de ser insignificante para él, venía a complicar su situación económica. Porque había llegado Noviembre y no había pagado el tercer servicio de su hipoteca. Debía, pues, dos semestres y el Banco le apremiaba. ¿Pero de dónde sacar los tres mil doscientos pesos que representaba la deuda de esos dos semestres? Además, como daba más dinero del que podía dar y en su nueva recorrida por los lugares malditos no faltó quien explotase su buena fe y le robase, había tenido que endeudarse con usureros, obligándose a intereses fabulosos que no había pagado. Pero el mismo Banco le sacó de apuros, vendiendo su propiedad. La venta produjo apenas sesenta mil pesos. Fué en un día muy caluroso del mes de Noviembre y hubo escasa concurrencia al remate. Ya por entonces comenzaba a advertirse la tremenda crisis económica que debía estallar catorce o quince meses después, en mil novecientos trece. El valor de la propiedad descendía, la crisis presentíase en todas partes, y nadie se arriesgaba a comprar casas sino a precios muy bajos. El Banco cobró los cuarenta mil pesos de la hipoteca y los dos semestres adeudados. Monsalvat pagó a los usureros y quedó con poco más de diez mil pesos. Con esta suma pensaba vivir dos años, en caso de no encontrar trabajo ni empleo. Pero estaba escrito que la suerte le sería hostil. Depositó sus diez mil pesos en un banco extranjero que, pocos meses después, debió quebrar ruidosamente.
Una mañana encontró por fin a Amiral. Monsalvat, sin preámbulos ni circunloquios, le dijo lo que deseaba de él: que averiguase de Arnedo, hábilmente, donde estaba Nacha. Amiral, apenas oyó nombrar a esta mujer de vida galante, sonrió madrigalescamente mientras se retorcía sus largos y enhiestos bigotes color choclo. Y abriendo y cerrando sus kilométricos brazos, exclamó:
—¡Bien decía yo! Claro, no podía ser que un hombre como usted, que ha estado en París... Así es que yo, cuando oía que usted se había puesto a regenerar muchachas alegres, no quería creerlo. Yo pensaba que usted era un mozo vivo, que aprovechaba la vida. Y ahora veo que no me equivoqué...
Monsalvat tuvo intenciones de abofetear al pobre diablo. Pero se contuvo, por Nacha. Amiral, incapaz de observar el estado de ánimo de Monsalvat, le miró con toda su malicia, y agregó, en tono confidencial: