—Usted hizo bien en valerse de una estratagema, porque aquí en Buenos Aires, ¡es una desgracia!, no hay ambiente...

Monsalvat no intentó disuadir de su convicción a aquel imbécil. Y se limitó brutalmente, sin rodeos, a ofrecerle mil pesos si averiguaba de Arnedo el paradero de Nacha. Amiral titubeó. Pensó que tal vez le correspondía ofenderse. Pero en seguida, consultada su conciencia, resolvió aceptar. No correspondía ofenderse tratándose de mil. Ahora, si le hubieran ofrecido cincuenta o cien... entonces sí.

Algunos días pasaron. Monsalvat observaba con pánico el avance de su desequilibrio nervioso. Una tarde, tomando un café con leche en una confitería del centro, sintió en el cerebro aquel vacío de otras veces. Se alarmó, y en seguida le temblaron las manos, le bañó el cuerpo un sudor frío, y tuvo que levantarse con ayuda del mozo de la confitería y hacerse subir a un auto que le llevó a su casa. No podía leer ni escribir. Su inteligencia parecía dispersa, rota en pedazos. Había perdido toda su voluntad y su energía. Sentía Monsalvat como si su organismo entero tuviese cada día menos cohesión, como si las partes todas de su individuo no formasen un solo ser y no obedeciesen a una sola ley. A veces parecíale que vivían en él varios hombres distintos. Y así uno de ellos observaba los movimientos sin motivo y los pensamientos inexplicables del otro. Monsalvat fué un espectador de sí mismo.

Por fin, una mañana de Diciembre, Amiral le dijo que Arnedo nada sabía de Nacha. Después de tenerla encerrada en una casa varios días, la llevaron a otra, y después de dos semanas huyó de allí.

Monsalvat la creyó perdida para siempre. Y se asombraba de que las palabras de Amiral no le hubiesen impresionado. Se quedó como un tonto, mirando a lo lejos. Pero sentíase tan mal, sentía tan disgregado todo su ser, que tuvo necesidad de buscar a algún amigo. Fué a casa de Ruiz de Castro. No quiso visitar a Torres, temiendo que el médico le considerase enfermo o loco. Ruiz de Castro se impresionó hondamente al verle. Monsalvat lo notó, balbuceó algunas palabras incoherentes, sus piernas se doblaron.

Una noche dolorosa había entrado en él y rodeaba su alma y su cuerpo. Su inteligencia no veía en aquella repentina oscuridad del mundo. Su ser habíase tornado insensible para la belleza y la realidad del mundo.

XXII

El momento trágico de la tempestad había pasado. ¡Qué profunda calma en las cosas! Todo callaba en el universo.