Monsalvat vivía en un sanatorio de Almagro, llevado allí por sus amigos. En el pequeño parque con altísimos eucaliptus, Monsalvat paseaba casi todo el día, tranquilo, silencioso. No pensaba en nada. No quería pensar en nada. Sentíase un hombre nuevo, había nacido otra vez. ¿Qué podía importarle el pasado? Había que mirar hacia adelante, vivir siempre en el porvenir. Nacha ya no existía para él. O mejor dicho, creía que no existiese. Y con Nacha había desaparecido de su corazón y de su inteligencia un mundo entero: un mundo de sentimientos y de ideas. No era que Monsalvat rechazara en realidad su vida de todo un año. Era que, pasada la tempestad, ante el mundo nuevo que miraban sus ojos no podía vivir con los mismos sentimientos y las mismas opiniones de antes.

Pero si Monsalvat tenía la paz, no tenía algo que él amaba más que la paz: la libertad. Y desde que se sintiera fuerte y sano, deseó huir de aquella casa. Además, había allí, en aquel sanatorio para nerviosos y epilépticos, un par de locos pacíficos, de maniáticos. A Monsalvat le molestaba la presencia de aquellos pobres seres, pues le hacían imaginar que su empeño de reformar el mundo era la ilusión de un maniático.

Sus amigos visitábanle muy poco. Se daban a sí mismos la excusa de que el sanatorio quedaba lejos del centro. Pero estaban satisfechos de su amistad y buen corazón, ya que pagaban a Monsalvat el sanatorio.

Una tarde, cuando Monsalvat estaba completamente sano, Ruiz de Castro y Torres le visitaron. Hablaban en el jardín, sentados en un banco. Por primera vez desde su enfermedad se tocó el tema prohibido. Monsalvat lo había en cierto modo iniciado, refiriéndoles a sus amigos aquella sensación como de haber nacido nuevamente. Torres quiso conocer el verdadero estado de Monsalvat, y así le dijo:

—Ahora habrás comprendido, ¿eh? la inutilidad de todo lo que has hecho...

—Eso nunca—afirmó Monsalvat.—Hacer el bien jamás puede ser inútil.

—Aceptemos que hayas hecho un poco de bien a otros—terció Ruiz.—Muy bien. Pero es indudable que te has hecho un mal a ti mismo.

—Estás equivocado. Me he hecho un gran bien a mí mismo. Y tanto, que ahora no estoy descontento de mí. No sé lo que he de hacer mañana; pero sé que si soy otro hombre, lo debo a mis ideales.

—¿Volverías entonces a las andadas?—exclamó Torres con fastidio.—No veo en qué eres un hombre nuevo. Al contrario, ¿eh? lo que hallo en ti es que la vida no te ha enseñado nada. Parece mentira que después de un año de fracasos, de fracasos en todo sentido, ¿eh?, todavía pienses en salir tú solo a reformar el mundo.

Monsalvat quedó un instante pensativo. Luego dijo: