—La vida, no los fracasos, porque no fracasé, me ha enseñado la poca eficacia del esfuerzo individual. Ahora creo que no solamente nunca lograría reformar el mundo, sino que tampoco lo reformarían cien mil hombres que procedieran aisladamente como yo.
—¡Vaya, hombre! Por fin—exclamó Ruiz de Castro.—Era tiempo de que te convencieses de que el mundo es irreformable.
—No he dicho eso. ¡No! Al contrario, ahora lo considero más reformable que nunca. Pero ahora sé que es necesario una disciplina, un método, un programa. Ahora sé que el ideal individual, la acción de un solo hombre, son poco eficaces para el buen éxito. Pero no reniego de ese ideal ni de su acción, pues de allí parte el impulso. La acción, por acertada que sea, no puede triunfar si no la precede y la acompaña un ideal exaltado. ¿Me comprenden? El mundo ha de ser reformado en absoluto, hay que construirlo otra vez. Pero se debe ir poco a poco. No con demasiada lentitud, sin embargo. Poco a poco, sí... ¡Pero de cuando en cuando, el fuerte impulso de los idealistas, de los soñadores, de los locos, de los que proceden por corazonadas!
Los dos amigos se miraron. Consideraron sin duda que Monsalvat era caso perdido.
—Pero ¿para qué tanta reforma del mundo? ¿Para casarte con una loca?—exclamó Torres, brutalmente.
Monsalvat no contestó. Su amigo comprendió la injusticia de sus palabras, y para atenuar su efecto trató de mostrarse cariñoso. Habló de temas triviales. Estaba junto a Monsalvat, y su brazo, extendido sobre el espaldar del banco, tocaba los hombros del amigo. De vez en vez, con cualquier pretexto, sobre todo si había que reir, bajaba un poco el brazo y apretaba cariñosamente la espalda de Monsalvat.
Se fueron descontentos. Monsalvat vió que todo en él, sus opiniones, su vida del año anterior, sus sentimientos, eran comprometedores para aquellos hombres. Les creía buenos y relativamente generosos; pero débiles ante las opiniones del mundo. No dudaba de que, por más que le quisiesen, entre él y la sociedad optarían siempre por la sociedad. Y desde entonces, Monsalvat no pensó sino en huir de aquella casa. Quería huir para que sus amigos ignorasen adónde iba. Ya que él les comprometía, iba a ahorrarles el trabajo y la pena de abandonarle. Él abandonaría a sus amigos. Quería pasar por un desagradecido antes que aceptar la molesta situación que se origina entre personas que desean cortar una amistad y no se atreven o no pueden o no saben hacerlo. Monsalvat quería también ser libre. No ya con la libertad material, que lograría cuando quisiese; sino libre de aquellos amigos que representaban el único hilo que le ataba aún a la sociedad.
Y un día huyó del sanatorio. No llevaba sino lo puesto. Ni un centavo en el bolsillo. Desde Almagro vino al centro a pie. Era el amanecer. Un cielo límpido, transparente, se ahondaba en una vasta profundidad azul. Algunas estrellas se retardaban todavía. En las calles las últimas sombras iban retirándose lentamente. Las más tenaces se aguaban bajo los árboles y rodeaban los troncos y las ramas, como velos oscuros. A lo lejos, por el lado del puerto, acababa de surgir una tenue claridad rosada. A Monsalvat aquel primer contacto con la vida exterior, después de varios meses de clausura, causábale una extraña sensación de alegría, de inocencia, de rejuvenecimiento. ¡Oh, sí! ¡El mundo era nuevo, había nacido otra vez!
Y mientras recorría las calles solitarias, se complacía en ese bello sueño. No sentía ni el frío ni el cansancio. Imaginaba que todo había sido reconstruido. El cielo era más hermoso que antes, las cosas tenían una pureza desconocida, los hombres vivían en el mutuo amor. Pensó que siempre debió ocurrir lo mismo. ¿Cómo podían los hombres no amarse mutuamente, ignorar la pureza del corazón, con aquel cielo y aquellos colores y esa claridad que avanzaba con tanta gracia, con tanta armonía, con tanto cariño para los hombres y las cosas? Pero entonces recordó que los hombres, salvo los pequeños de la tierra, no contemplaban jamás estas claridades. Y pensó que tal vez por ello no advertían el advenimiento de otra claridad, de otra aurora que iba pronto a llegar...
Pasaban las calles arboladas. Iba despertando la ciudad. Gentes humildes, trabajadoras en su mayoría, aparecían ahora a cada momento. Las puertas de las casas se abrían. El cielo había perdido su hondo azul y se volvía claro, refulgente, luminoso. El mundo estaba rosado, como si una cándida suavidad lo envolviera. Luego surgió el sol, y la mañana se llenó de rumores, de luces, de alegrías, de miserias. ¡La vida! Monsalvat respiró aquella libertad. Sintióse sano y bueno. El frío había huido de su cuerpo y no pensaba en nada.