Pero no pasó mucho tiempo sin que la fatiga le saliese al encuentro. Quiso alejarla. Inútilmente. Ella se prendió a sus piernas, abrazó su cuerpo y le hizo difícil el caminar. Iba llegando a la plaza del Once. Cuando estuvo allí se sentó en un banco. Descansó una hora, dormitó un rato. Después pensó en su situación. ¿Adónde iría? Ante todo necesitaba casa. En un hotelucho de la plaza del Once, un establecimiento ambiguo y sórdido, le negaron pieza por no llevar valija. En otros hoteles de modesta categoría sucedióle lo mismo. Así pasó la mañana. Por fin se acordó de un español, cuya mujer tenía casa de huéspedes en la plaza Lavalle, y al cual favoreció él en otro tiempo. Y allá se encaminó.

Era más de las doce y el hambre comenzaba a hostigarle. En la plaza Lavalle, al pasar por los Tribunales, quiso disimularse. No deseaba que le viese ninguno de sus antiguos compañeros. Apresuró su paso, mirando a los que venían en dirección contraria. Pero de pronto, al ir a cruzar la calle, topó con un sujeto mal entrazado, que le saludaba con actitudes serviles. Era Moreno. El hombre dijo que frecuentaba siempre los Tribunales en procura de copias o de algunas comisioncitas. Monsalvat le preguntó por la mujer y por Irene.

—Mi doptor, la desgracia se enseñoreó de mi castigado hogar. Irene... ¿Pero a qué recordar males pasados? Otro día, mi doptor, le contaré largamente los sucesos. Ahora, luchamos con mejor éxito contra el ensañamiento de los Hados. Mi mujer es encargada en un conventillo. Un poco lejano, allá en Barracas, cerca del puente. Pero en fin, vivimos, mi doptor.

Mientras el hombre seguía hablando, Monsalvat encontró la solución necesitada. Preguntóle a Moreno si había un cuarto desocupado en la casa.

—En efecto, mi doptor. Lo hay. Pero, ¿por qué esa pregunta?

—Porque yo lo tomo desde este instante.

Moreno quedó estupefacto. Luego protestó, con grandes aspavientos. Él nunca permitiría que el doctor Monsalvat, una antigua lumbrera de la ciencia jurídica, fuese a vivir en un miserable tugurio. Pero Monsalvat insistió. Eso era cosa de él. Moreno imaginó que sin duda Monsalvat trataba de ir a ese barrio para hacer alguna gran obra de bien, y consintió en llevarle. Además, pensó en sus seguros beneficios. No le faltaría algún pesito para los vicios, algunas comisiones, alguna dádiva de importancia. Sin contar con los buenos pretextos que él inventaría: negocios, deudas urgentes, falta de ropa.

El procurador daba las señas de la casa cuando unas palabras de Monsalvat le exaltaron a la cumbre del azoramiento. El doctor le había pedido algunas monedas para el tranvía. Moreno, a causa de la impresión, quedó con los brazos abiertos, rígido. Había dado a su cara una expresión de espanto.

—¿No es broma, mi doptor?—exclamó luego, incrédulo.—¿Es posible que a este infeliz Moreno, a Moreno el paria, a Moreno el hijastro de la providencia, le pida unas monedas el sapiente, el ilustre doctor Fernando Monsalvat?

El procurador observó el aspecto de Monsalvat y comprendió que su situación no era envidiable. Estuvo a punto de negarle que en el conventillo hubiera cuarto. Pero recordó todo lo que Monsalvat hizo por su familia, y, en un momento de generosidad, sacó de su bolsillo diez centavos y se los entregó al abogado. Cuando Monsalvat se alejó, el hombre quedó un cuarto de hora con los brazos cruzados, cabeceando filosóficamente, meditando sobre los destinos humanos.