Monsalvat instalóse en el conventillo.

Escribió a su madrastra, es decir, a la mujer legítima de su padre, exponiéndole sus derechos a la herencia y pidiéndole una cantidad, a cambio de ellos. Su padre había muerto sin testar, pero él sospechaba la existencia de un testamento al que sin duda hicieron desaparecer. Los amigos de Monsalvat, Ruiz de Castro principalmente, querían obligarle a pleitear, pero él jamás consintió. En la carta dirigida a su madrastra, a la que apenas conocía, hablaba con modestia, invocando la justicia, pero también insinuando su deplorable situación económica, como para despertar sentimientos fraternales. Mandó la carta con Moreno.

Su madrastra era una mujer perversa. Desde niño, le hizo a él todo el daño que pudo. Nunca asintió en que conociera a sus hermanas. Las niñas debían ignorar la existencia de aquel pecado de su padre. Ellas debían creer que Fernando era un pariente lejano. La señora no contestó la carta. Limitóse a poner dentro de un sobre un billete de cincuenta pesos. Monsalvat, que no se fijaba en cantidades y que no advertía la maldad ajena, no comprendió la intención ofensiva de semejante envío. Por el contrario, admitió el dinero alegremente, y todavía se lo agradeció en una afectuosa carta. Los cincuenta pesos fueron para comprarse un poco de ropa, para pagar parte del alquiler del cuarto y para remunerar las comisiones de Moreno. Durante el segundo mes vivió del agradecimiento de la mujer de Moreno, que le permitió quedarse allí sin pagar. Dijo la mujer al propietario del conventillo que el cuarto estaba desocupado. Monsalvat no tenía ni qué ponerse. La mujer de Moreno le daba algo de comer: lo que sobraba en su cuarto, que era bien poca cosa.

Mientras tanto, él escribía artículos y los mandaba a los diarios y a las revistas. Convencido de que algo tenía que decir, había concluido por sentir en él la vocación de escritor. En una revista le publicaron un artículo. Los treinta pesos fueron entregados a su protectora.

Ese mismo día se preparó para salir. Llevaba dos meses de clausura, dos meses extraños, viviendo una vida puramente interior, lejos del mundo, lejos de todo. Acostado casi todo el día, sólo hablaba con Moreno, que se metía en el cuarto a darle conversación. Él le hacía referir la triste historia de Irene, que se la oyó así innumerables veces. Pero a Monsalvat, por más que la supiese de memoria, siempre le interesaba. Le conmovían los sufrimientos de aquel padre que, al narrar tantas tristezas, perdía su ridiculez y adquiría algo de noble. Le conmovía la tragedia de aquella pobre Irene que le había querido apasionadamente.

Irene, enamorada de un hombre que Moreno sospechaba fuese Monsalvat, había pasado unas semanas como una loca. Era todo nervios, exaltaciones. Por cualquier insignificancia se ponía furiosa, amenazaba a la madre, insultaba a Moreno, pegaba a los hermanitos. En seguida le salió un novio. Un muchacho que trabajaba en una peluquería del barrio. Era feo, extremadamente moreno, y de poca airosa figura. Ella lo aceptó, nadie sabía por qué. No le gustaba, decía de él que era un estúpido y un vulgar. Sin embargo, iba a casarse. Pero un día, una mujer del barrio le dijo a Irene que el peluquero tenía una amante, una mujer casada que vivía allí cerca. Era exacto, pero la denunciante no contó que el peluquero acababa de cortar esas relaciones para casarse con Irene, a quien comenzaba a querer. Irene sintióse humillada. Le pareció una injuria espantosa que aquel hombre la engañase. Su amor propio la enfureció, la enloqueció. Y una tarde, en que sus padres no se hallaban en la casa, Irene, para vengarse, llamó al primer hombre que pasó por la calle, y, después de explicarle todo, se le entregó. El peluquero lo supo. Exasperado, el muchacho acudió con un revólver y lo descargó sobre Irene. No la hirió. Intervino la justicia y el peluquero fué a la cárcel. Irene huyó de la casa. Nadie sabía dónde estaba. Lo único que pudo averiguar Moreno era que todas las semanas su hija visitaba al peluquero en la prisión. Pero ¿de qué vivía? ¿Y cómo vivía?

—¡Se ha perdido, doptor, se ha perdido!—exclamaba el padre llorando.—¡Era la flor de mi casta! Era buena, trabajadora... ¡Y linda como ella sola, mi hija querida! Y pensar que yo tengo la culpa, yo, el más grande de los borrachos. ¡Las consecuencias del vicio! Porque mi hijita es una hija del alcohol. Por eso salió como salió.

Y se tapaba la cara con ambas manos, sentado en la única silla del cuarto, mientras Monsalvat se vestía.

—Cálmese, Moreno, ya la hemos de encontrar.

El hombre levantó los brazos al cielo, y lúgubremente, entre sollozos, exclamó: