—¡Te fuiste, hija mía! Te fuiste para no volver. ¿Por qué quisiste asesinar a tu digno padre, el desgraciado, el maldito procurador Moreno? ¡Destino implacable! ¡Suerte injusta!
Terminaba Monsalvat de vestirse—de colocarse un sobretodo de verano sobre la camisa, pues había empeñado el saco y el chaleco—, cuando entró la mujer de Moreno. Dijo que unas señoras deseaban hablar con Monsalvat. Monsalvat miró severamente a la mujer. Comprendió que se trataba de damas pertenecientes a alguna sociedad de beneficencia y que la mujer de Moreno les refirió el caso de Monsalvat: un doctor, un mozo inteligente y fino, que vivía en la miseria.
Monsalvat salió al patio, dispuesto a no mirar a las señoras, cuando oyó los gritos de una pobre mujer del conventillo. La mujer hablaba con desprecio de las señoras, que no la socorrían porque tenía un hijo y era soltera. Vociferaba contra "los curas", contra las sociedades de beneficencia, contra las pobres que adulaban a las señoras para sacarles dinero. Las dos señoras no parecían enojadas ni intimidadas. Debían serles habituales semejantes escenas. Monsalvat les preguntó:
—¿Es cierto lo que dice esa mujer?
—¡Ay, pero si yo lo conozco!—exclamó una de las damas caritativas, que resultó ser Isabel, aquella muchacha que una vez comiera junto a Monsalvat, en casa de Ruiz de Castro.
—¡Es Monsalvat!—exclamó la otra, la gordita oradora y simpática, la defensora de las instituciones.
Monsalvat les tendió la mano, sonriendo fríamente. Las dos estaban apenadas de ver la situación de Monsalvat. Pero trataban de disimular, para no ofenderle. Monsalvat inquirió de nuevo si era cierta la acusación de la mujer, que aún seguía gritando.
—Es cierto, Monsalvat, pero...—empezó la joven dama.
—Esa mujer tiene entonces razón. A ustedes les falta caridad. Hacen esto por pasar el tiempo, por ocupar cargos en las sociedades de beneficencia, por motivos mundanos, y nada más.
Y ya lanzado por este camino, continuó. Fué implacable, duro. Parecía que ejerciese una venganza. Envuelto en aquel sobretodo que le venía grande, haciendo raros movimientos con los hombros, abriendo los ojos, que a causa de la flacura habíanse agrandado, Monsalvat, conminando a aquellas mujeres distinguidas, en un conventillo de Barracas, resultaba una figura extraña. Las mujeres bajaban la cabeza, como aceptándolo todo. Monsalvat, excitado, no advirtió que la muchacha, Isabel, se apartaba del grupo e iba en busca de la mujer que protestaba, para darle todo el dinero que llevaba encima, su dinero, no el de la sociedad. Y cuando Isabel volvió, tampoco pudo notar que la dama se quitaba un guante y después un anillo. Cuando él se interrumpió, la señora, en tono humilde, serio, sin sentimentalismo, dijo: