—Monsalvat, tome esto y véndalo y déle el dinero a la mujer.
Monsalvat tomó el anillo.
—Y si usted...
Lo miró, temiendo que se ofendiera. Él hizo un gesto de rechazo. Ella entonces quiso hablarle aparte, y entró en la pieza, sola con él.
—Usted necesita, Monsalvat. Acepte parte de lo que valga el anillo. Hay el deber de vivir, Monsalvat. Créame que nosotras no somos malas. Cuando aquella noche hablé así, usted se acordará, era porque no conocía el mundo. Después he sufrido y ahora comprendo muchas cosas...
Monsalvat insistió en su negativa. Les dió la mano, ahora con afecto, y salió de la casa, acompañado de Moreno, que no salía de su asombro por cuanto viera y oyera y que se ofrecía a Monsalvat para vender el anillo, cosa que él rechazó de plano. Monsalvat había comprendido que, en efecto, aquellas dos mujeres, y tantas otras de su condición, no eran malas sino buenas; y que si parecían malas ello se debía al ambiente de egoísmo en que se habían formado y vivido. La maldad no era una cosa individual, sino un producto colectivo, una consecuencia de las ideas dominantes y de la actual organización social.
Subieron a un tranvía, en dirección al centro de la ciudad. Monsalvat ahora se alegraba de que viniese Moreno. Sentíase débil. Durante las dos cuadras que debió hacer a pie, apenas pudo caminar. Las piernas se le doblaban. En el tranvía iba al principio mareado. Las casas y la calle no estaban en su verdadero plano. Subían, bajaban, parecían lejanas. Como el tranvía estaba lleno de gente, Monsalvat y Moreno habían debido separarse. Moreno ocupó un asiento delantero y Monsalvat quedó bastante atrás.
El tranvía iba por la calle Piedras. A la altura de Méjico o de Venezuela el vecino de Monsalvat se levantó para ceder su lugar a una mujer. Monsalvat no la miró. Sólo veía su vestido negro, de luto. Pero al cabo de un rato notó que ella le observaba. Pensó que tal vez le conociera y se avergonzó de su aspecto miserable. Pero era difícil que le reconocieran, con la barba de una semana, aquel traje sucio, aquella flacura impresionante, aquel aire de hombre debilitado o enfermo. Se consoló con estos pensamientos, pero, por si acaso, torció su cuerpo hacia la ventanilla, para que la mujer no pudiese verle.
Mas apenas realizó esta maniobra, oyó una voz que susurraba su nombre dulcemente. Palideció, le temblaron las manos. Parecióle que toda una hilera de casas se hundía unos metros y se desteñía y que el tranvía marchaba inclinado, como si fuera a caerse.