—¡Cuantos meses sin vernos!—exclamó ella.—Mamá murió. Yo vivo en la calle Tacuarí, en la casa de huéspedes. Hace tiempo que vivo allí. Mi hermana dirige la casa. Yo...

Monsalvat había recuperado su normalidad. Pero no hablaba. No podía hablar. Escuchaba la voz de Nacha como quien oye una música de dulzura infinita. Escuchaba y soñaba. Pero no podía recordar sino vaguedades. La miró a los ojos.

Nacha había comprendido toda la vida trágica de Monsalvat. La había visto en su traje, en su aspecto de enfermo, en sus ojos que no tenían la fuerza de otro tiempo y que ahora parecían despintados, grises, incoherentes.

Al cruzar el tranvía la Avenida de Mayo, un hombrón vulgarote, apaisanado, se acercó a Nacha y la tocó en el hombro. Nacha lo llamó y lo presentó a Monsalvat.

—Nos casamos pronto—dijo ella.—Es mi novio. Lo conocí en la casa de huéspedes, donde vive. Nos iremos al campo, a su estancia...

El sujeto miraba a Monsalvat con extrañeza y desconfianza. Estaba impaciente. Nacha, antes de levantarse, preguntó a Monsalvat su domicilio.

—¿Mi casa?—exclamó él, como si le hicieran la más rara de las preguntas.

Palideció otra vez, ahora intensamente. Volvieron a temblarle las manos.

—Quiero que sea mi testigo de casamiento—rogó ella, oprimiendo la mano de su amigo con una ternura que él jamás conoció en toda su existencia.

—¡Bueno, ya basta!—protestó el novio de Nacha, con una voz ronca e indignada.