—No puede negarse, Monsalvat. Se lo pido. Sea bueno conmigo. Dígame dónde vive.
Monsalvat oyó que alguien daba su dirección.
—Vive en mi casa, señora. Yo soy el procurador Moreno, a sus gratas órdenes. Me considero un fiel amigo del ilustre doptor. Pertenezco a la antigua familia de los Moreno de Chivilcoy, y aunque los rigores de los Hados...
Monsalvat ya no sentía el calor de la mano amiga. Nacha había bajado del tranvía, arrastrada de un brazo por su futuro marido.
XXIII
Mientras estuvo encerrada por Arnedo en aquellas dos casas, Nacha sintió aumentar su odio hacia este hombre. Si antes del rapto temía ser atraída por él, era imaginando que él la deseaba. Pero ahora había visto su error. Ahora había comprendido que el Pampa era un verdadero monstruo, al que ella no podía querer en ningún sentido. La había robado ese hombre, no para hacerla suya, como ella pensó, sino por venganza, porque detestaba a Monsalvat, por mal instinto, por algo que había dentro de él y que él no podría remediar aunque quisiera. Nacha veía que el acto infame del Pampa era "la patada de ultratumba", de que tantas veces oyera hablar a su madre. Era el indio ancestral que reaparecía en Arnedo y le obligaba a un acto de barbarie, sin utilidad ninguna para él, y sólo por hacer el mal.
En su primera prisión, Nacha, indignada, vió una vez al Pampa: cuando con un revólver apuntándole, la obligó a escribir aquella carta que sería una catástrofe para Monsalvat. Desde entonces Nacha sentía una infinita lástima por Monsalvat. Le imaginaba sufriendo por ella, buscándola por todas partes. Ahora le quería más que nunca. Pensaba en él las veinticuatro horas del día, y no deseaba sino que llegase una oportunidad en que pudiera darle toda su alma, sacrificarse toda entera por el hombre bueno.
Las dueñas de las dos casas le habían presentado a sus mejores clientes. Nacha, furiosamente, los había rechazado a todos. Quería irse de allí, amenazaba con la policía. Pero era tal la vigilancia que no podía ni mandar dos líneas al correo. En la segunda casa logró la amistad de una de las muchachas: una infeliz, de buena familia. Laura, como se hacía llamar, sólo iba por las tardes. Hija de un inglés alcoholista, casado en segundas nupcias con una perversa mujer de clase media, Laurita, maltratada por su madrastra, olvidada por su padre, cayó engañada por el eterno novio, y luego el consejo de una lavandera la condujo a la casa de perdición. Nacha, por medio de Laurita, hizo saber su situación a uno de los hombres que iban por su amiga a la casa, un abogado de influencia entre la gente del gobierno. El abogado dió parte a la policía, y una buena tarde Nacha quedó libre. El Pampa hubiera ido a la cárcel, pero no hubo modo de que Nacha ni nadie diera su nombre. Ella afirmaba ignorar quién la robó y la encerró allí.
De la casa maldita, Nacha fué llevada a la policía con objeto de declarar. El abogado habló allí con ella. Era un hombre compasivo, y, después de enterarse de la situación de Nacha, le ofreció un poco de dinero y le preguntó qué pensaba hacer.