—¿Y qué he de hacer? Seguir mi destino, señor.

—¿Su destino? Eso es una palabra sin sentido. Cada uno se crea su propio destino. Usted debe ir a la casa de su madre.

—No me recibirán, señor.

—Bueno. Iré yo, entonces, y arreglaré el asunto.

Nacha se instaló en el cuarto de Julieta, mientras tanto. Las dos amigas fueron al conventillo donde Nacha había vivido y se llevaron los muebles y las ropas de Nacha. El encargado, humilde y untuoso, les cobró medio mes, aunque el cuarto estaba alquilado a otra persona. Dijo el hombre que Nacha debía pagar el depósito. Preguntaron por Monsalvat, pero habíase marchado de allí. Pocos días después, el abogado avisó a Nacha que podía volver a su casa. La madre había muerto. Y era su hermana Catalina quien dirigía la pensión.

Nacha y Cata se saludaron como dos personas indiferentes. A Nacha le emocionaba el volver a su casa, el no encontrar a su madre, y, sobre todo, el pensar que allí conoció a Riga. Hubiera llorado a gusto, pero la sequedad de su hermana—sin duda estudiada, creía ella—la contuvo.

—¿Cuándo fué la desgracia?—preguntó Nacha.

—Hace un mes.

—¿Se acordó de mí? ¿Me habrá perdonado antes de morir?