—Se acordó y pidió que te buscáramos. Pero no pudimos encontrarte.

Cata mentía. No había pensado en hacer buscar a Nacha. Confiaba en que su hermana no apareciera, y así ella se quedaría con la herencia íntegra. Cata se había casado hacía años, poco después de que Nacha huyera de la casa, con un sujeto muy inferior a ella. La madre no quiso verla más y la consideró tan perdida como Nacha. Pero Cata enviudó a los dos años y volvió a la casa. La herencia de la madre consistía en una casita en Liniers y en los muebles y demás objetos de "la pensión". Unos treinta mil pesos, en total.

Nacha había encontrado a su hermana cambiadísima. Hacía diez años, Cata era ágil y saltarina. Ahora habíase puesto regordeta y pesada; y como era bajita, su figura resultaba poco airosa. En aquellos tiempos, aunque ambas vivían peleándose, tenían buen carácter. Cata habíase agriado. Pero el constante malhumor no se le transparentaba en su blanco, fresco y lindo rostro. Nacha advertía con asombro el cambio de su hermana. ¿Cómo había llegado a hacerse mordaz y mala, ella que fué antes tan alegre? ¿A quién salía su hermana tan envidiosa, tan celosa, tan llena de pequeñeces?

Nacha se quedó en la casa. Salía rarísimas veces a la calle, para que su hermana no sospechase de ella. Ayudaba a Cata en los múltiples quehaceres domésticos, y llegó poco a poco a tener todo el trabajo, del que Cata se había desentendido hábilmente. Con los estudiantes de la pensión y otros hombres que vivían allí, las relaciones de Nacha eran muy superficiales. Apenas hablaba con ellos, temiendo que Cata dudase de su deseo de ser ahora una mujer honesta.

Pero estaba escrito que Nacha había de sufrir en todas partes. Cata la espiaba incesantemente. Si Nacha se detenía en el patio para cambiar dos palabras con algún pensionista, su hermana la miraba de reojo o se plantaba allí cerca para observarla. Nacha no podía discutir con su hermana sobre el motivo más insignificante, porque Cata la ofendía con frases alusivas a su vida pasada. Así, si se juzgaba del carácter de algún hombre, Cata interrumpía:

—Claro, vos tendrás razón. Has tenido buenas ocasiones para conocer a los hombres...

Si Cata hubiera reservado sus maldades para decírselas privadamente, Nacha las habría soportado. Pero llegaba hasta soltárselas en la mesa, delante de todo el mundo. Algunos reían, pero otros compadecían secretamente a Nacha. Una vez, como Nacha no comiera, Cata le preguntó:

—¿Qué? ¿Encontrás mal este plato?

Nacha contestó sencillamente que sólo le gustaba ese plato cuando lo habían preparado bien.

—¡Ah, claro!—exclamó sarcásticamente Cata.—En las aristocráticas casas donde has tenido la dicha de vivir, lo prepararían a la perfección...