Nacha iba así, una gota cada día, bebiendo su amargura.

Por desgracia para ella, tampoco encontraba su felicidad en otro lado. Había buscado a Monsalvat insistentemente y no había conseguido la menor noticia. Cierto que, al principio, Torres o Ruiz de Castro pudieron haberle dicho dónde estaba Monsalvat; pero ella no quiso ver a aquellos hombres. Recordaba cuando Torres la engañó, asegurándole que Monsalvat quería a otra mujer e iba a casarse; y supuso que ahora la engañaría nuevamente. Para Torres, como probablemente también para Ruiz de Castro, ella tenía la culpa de la situación de Monsalvat; ella era el enemigo a quien había que apartar.

No obstante, como los meses pasaban y su angustia iba en aumento, Nacha fué una tarde al consultorio de Torres. Llorando le pidió noticias de su amigo. Torres le declaró la verdad. Monsalvat, enfermo de los nervios en un sanatorio, había huido y se ignoraba en absoluto dónde pudiera hallarse. Nacha no creyó. Imaginó que Torres la engañaba, y se fué, después de reprocharle quejosamente, sin acritud, sus crueldades para con ella.

Una mañana llegó a la pensión un huésped un tanto exótico en aquella casa de estudiantes. Era un hombrón corpulento, de anchísimas espaldas, de andar despacioso, de manos enormes y dedos cortos y rollizos. No era feo de cara, y sus facciones, vigorosas e inmóviles, de líneas firmes, parecían hechas a hachazos sobre un tronco de quebracho. El hombre vestía bombachas el día de su llegada, y calzaba bota de potro. Hablaba poco, como con miedo de desentonar. Pero reía, con robustas y grandes risas, de las enormidades que solían decir los muchachos. Cata le averiguó su vida y cuanto había que averiguar. Era rico, tenía una estancia en el Pergamino y había ido a aquella casa recomendado por un estudiante de sus "pagos": un bandido que les ofrecía así a los pensionistas, sus antiguos compañeros, excelente materia prima para sus diversiones. Pero Cata no toleraba la menor impertinencia respecto al criollo, a quien hizo su protegido. Mediante amables bromas al principio y maternales consejos después, Cata logró que el paisano mejorase notablemente su indumentaria y olvidase sus modismos camperos. El sujeto que, aunque tenía cara de malo, era en el fondo un buenazo, se prestaba a todo, con cierto asombro de Nacha y de los pensionistas, que ignoraban adónde concluiría aquello.

Un buen día Nacha lo comprendió todo. El paisano comenzaba a hacerle el amor, instigado hábil y disimuladamente por Cata. Ya le intrigaron a Nacha las maneras cariñosas de su hermana desde que llegara el hombre, y después de un mes en que la hizo víctima de infinitas y pequeñas perfidias. Ahora veía que Cata había planeado desprenderse de ella y que contaba con la maleabilidad del sujeto y con los muchos atractivos de Nacha.

Las galanterías del paisano para enamorar a Nacha no debían diferir gran cosa de las que emplean los orangutanes. A ella, naturalmente, le repugnaba aquel bárbaro, por más dinero que tuviese. Estaba resuelta a rechazarlo cuando le declarase sus intenciones. Pero esto no ocurrió, pues fué la propia Cata quien habló en su nombre.

—No tenés motivo para negarte. ¡Tantos escrúpulos, y has andado por ahí con todo el mundo!

Nacha bajó la cabeza y permaneció así un largo rato.

—Yo no puedo tenerte aquí porque me comprometés. Aunque ahora seas una mujer decente, que lo dudo... porque cualquier día volverás a tus andadas y la cabra tira al monte..., nadie ignora lo pasado. Y como yo soy una mujer joven y puedo volverme a casar... tal vez no esté muy lejos de eso... tu presencia aquí es un grave inconveniente, un compromiso... No te enojés. No hago sino decirte verdades...

Cata siguió hablando, dándole mil razones, aconsejándole ese sacrificio que le haría perdonar sus faltas. Pero según Cata no era sacrificio para su hermana el irse a vivir en una magnífica estancia, junto a un hombre "sencillo y enamorado", para ser definitivamente "una señora". Cuando Cata terminó de hablar, Nacha levantó los ojos llenos de lágrimas y sólo dijo estas palabras: