—Está bien. Todo lo acepto.
El paisano, entonces, trató el asunto con ella. Nacha creyó indispensable referirle su vida. Le declaró, con palabras textuales, que había sido una mujer pública.
—Ya me lo habían contao, m'hijita—exclamó el guaso, riendo groseramente.
Nacha quedó asombrada, no habiendo nunca imaginado que hasta allí llegara la perversidad de su hermana.
—Y vea, niña, yo la pastoriaba con la intención de casarme. Es cosa fiera vivir solo tuita la vida, y pensé que una compañera como usté, sería lindo, ¡jué pucha!
Y el bárbaro saboreaba, visiblemente, el goce brutal de poseer a Nacha.
No tardó Nacha en comprender hasta el detalle la maniobra de Cata. Un médico, un pobre diablo de una lejana provincia, pero médico de todos modos, la cortejaba; y ella había resuelto no dejarlo escapar. Para esto urgía la separación de Nacha. El paisano habíale dicho vagamente que se casaría; pero Cata, temiendo que no se decidiese y segura de que no se atrevería a proponer lo otro, le refirió la vida de su hermana. Al mismo tiempo le insinuó llevársela como querida.
—Hay muchos hombres de campo—le dijo Cata en el tono de quien aconseja—, que se llevan una muchacha a la estancia. Y sin casarse, claro. Para ellos es lo mejor. Yo no digo que hagan bien, pero no los critico porque comprendo que es lo más cómodo, lo más práctico y hasta lo más barato. Después, a los años, si la muchacha resultó buena, se casan. Y si no resultó buena, o les gusta otra, la dejan... Eso es lo que hacen todos, todos...
Recalcó la palabra todos, y agregó, para acabar de convencer al paisano:
—¡Cómo son los hombres! ¡Ustedes saben vivir!...