El paisano oyó estas cosas con estupefacción al principio y con golosa sonrisa después. ¡Mire si se hubiera casado! ¡Con razón desconfiaban los paisanos de los puebleros! En cuanto a Nacha, se sometía a vivir con aquel hombre como quien hace un gran sacrificio. Pensaba ser buena, fiel, sumisa. Al cabo de los años, sobre todo si tenían hijos, el hombre se casaría con ella. Y así, la mujer honesta que iba a ser, podría rescatar sus diez años de mal vivir. Era una triste solución para ella, la más triste porque la alejaba de Monsalvat para siempre. ¡Para toda, toda su vida!
Desde que se resignara a su sacrificio, observó al criollo con nuevos ojos y le encontró algunas cualidades. Era leal, sincero, ingenuo, manejable, valiente como buen hijo de nuestros campos, y no carecía de sentimiento. Nacha pensó que una mujer inteligente y hábil podía civilizar a ese hombre, sin grandes dificultades. Aquella mañana del encuentro con Monsalvat, el criollo, enamorado de veras y encantado con el carácter de Nacha, le prometió casarse derechamente, en Buenos Aires, antes de irse a la estancia, ahorrándole a la muchacha la humillación de aquella "prueba" a que habían pensado someterla.
Nacha salía a veces con su futuro marido. Iban a las tiendas, a comprar ropa para la casa de la estancia. En la última de aquellas salidas fué cuando Nacha encontróse en un tranvía con Monsalvat.
A la mañana siguiente, Monsalvat, recostado en su cama, leía, cuando llamaron a su puerta. Dijo que entraran. Apareció Nacha. Vestía de luto, como en la tarde anterior. La ropa negra, enmarcando su blancura, le daba un gran encanto. Parecía feliz, alegre, como quien acaba de resolver el problema de su vida.
Monsalvat quedó recostado, a pedido de ella. Sentíase mal de la vista, y su esfuerzo por leer le había hecho mucho daño. Dolíanle los ojos; veía las cosas zurdamente dibujadas y sin contornos definidos, como en ciertos cuadros impresionistas. Nacha, sin decirle una palabra, observó el cuarto, detalle por detalle; luego miró a su amigo detenidamente, y, por fin, después de quitarse el sombrero, dijo, con sencillez:
—He venido a quedarme.
—Sabía que ibas a venir—contentó él, tendiéndole una mano.—Pero no imaginé que te quedarías para siempre.
—Para siempre...—repitió ella, tomándole la mano y sentándose en la cama, junto a él.
—¿Y por qué haces eso? ¿No ibas a casarte?
—Hago esto porque tú necesitas que te cuiden y te acompañen...