—¿No te casas?
—No, ya no puedo casarme.
—¿Por qué, Nacha?
—Porque ese casamiento era una mentira...
Monsalvat sentíase tan feliz que se imaginaba estar soñando. Nacha continuó diciendo que no quería ni podría querer nunca a ese hombre. ¿Para qué sacrificarse, pues?
—Tienes razón—exclamó Monsalvat.—El sacrificio sin objeto, sin utilidad ninguna, es un absurdo y hasta una inmoralidad. Sólo debemos sacrificarnos cuando nuestro sacrificio producirá un bien y cuando amamos nuestro sacrificio. Yo creo, Nacha, que el sacrificarse debe ser el más alto goce espiritual...
Nacha quedó pensando que así era el sacrificio que ella comenzaba ahora. De haberse casado con el paisano, habría tenido, entre muchas ventajas, ésta de que jamás ella disfrutó y cuyo valor sólo un vagabundo o una mujer como la que había sido ella podían apreciar enteramente: la seguridad en la vida. Dinero, casa, comodidades, hogar, todo lo habría tenido casándose. Y alguna vez, cuando el hombre, quince años mayor que ella, muriese, quedaría libre y con una fortuna en sus manos. En cambio, acompañando a Monsalvat no tendría sino tristezas. En vez de una estancia, un cuarto de conventillo; en vez de hogar, un pobre amigo que necesitaba de sus cuidados; en vez de comodidades, pobrezas. ¡Y en vez de ese día de libertad y de fortuna, largos años de sufrimientos, junto al lecho de un enfermo! Entre los dos sacrificios, ella elegía el de seguir el destino de Monsalvat. Era triste este destino... ¡Pero ella se sacrificaba con todo su amor, con todo su placer, con toda su alegría!