La desaparición de Nacha causó a su hermana un colosal disgusto. Faltóle tiempo para desacreditarla entre los pensionistas, contando su historia y hasta inventando lo que no existía. El paisano, furioso, se creyó engañado y vejado. ¡Con razón desconfiaba él de los puebleros! Y se marchó de la casa, de bombacha y bota de potro, como el día de su llegada, imaginando vengarse así de Cata y de su hermana, de los estudiantes que ahora lo "titeaban" impunemente, y de todas las gentes de la ciudad.
Pocos días después de haber tomado una pieza en la misma casa donde Monsalvat vivía, Nacha escribió a su hermana. Decíale que no temiese ser comprometida por ella, pues su deseo de alejarla estaba realizado; aunque de otra manera que casándose con el paisano y yendo a vivir en una estancia. Podía Cata quedarse bien tranquila y asegurarse a su médico. Ella no la molestaría, no la vería más si se lo reclamaba. En cuanto al paisano, rogaba a Cata que, para aplacarle, echase a ella toda la culpa, que la desacreditase cuanto quisiera, que hasta le atribuyese únicamente a ella el plan de aquel noviazgo. De este modo, Cata se lavaría las manos y el hombre podría continuar en la casa. Nacha hubiera deseado pedirle perdón al pobre hombre, explicarle su caso. Pero pensó que ni el hombre ni tal vez nadie la comprendería, y prefirió que la odiara.
Nacha había conseguido, de aquel abogado que la protegiera desinteresada y honestamente, algún dinero que le devolvería apenas se vendiese la casita de Liniers al dividirse la herencia. Pagó los meses que debía Monsalvat, y empleó el resto en proveer a su amigo de ropa. Monsalvat no quería aceptarle nada y hasta llegó a enojarse. Pero como Nacha amenazó con dejarle, tuvo que acceder.
Poco a poco fué Monsalvat mejorando. El cariño de Nacha resultó un poderoso tónico para su salud. Salían todas las tardes a pasear. Iban a Palermo, al Zoológico, al Parque Lezama. Al cabo de dos meses, Monsalvat estaba curado de su debilitamiento.
Pero en cambio, otro mal aún más grave se había definido. A medida que mejoraba su salud, iba empeorando su vista. Ya no le era posible leer diarios; y libros, solamente los impresos en letras grandes, y con el auxilio de una lupa. Una mañana encontróse conque no podía leer nada, ni con la lupa. Aun los objetos del cuarto no los veía sino muy vagamente. Todo estaba en una penumbra, en una misteriosa, trágica penumbra. Hasta entonces, aquel mal de la vista le preocupó muy poco, creyéndolo algo pasajero. Pero aquella mañana comprendió que iba volviéndose ciego. Una triste noche comenzaba a caer sobre su vida, y sintióse solo, aislado del mundo entero, aislado para siempre de sus amigos, de Nacha misma, en una horrible soledad. ¡Y cómo se reconcentró en lo más hondo de su alma, cómo se elevó, en su dolor, por encima de todas las preocupaciones humanas! Todo se tornó pequeño, efímero, ante aquella gran tristeza que presentía. Hasta sus ideales fuéronle indiferentes en medio de su sordo y lento dolor. Tenía la sensación de que había comenzado a morir, de que una parte de su ser había ya muerto.
A Nacha habíale dicho varias veces que veía mal. Además ella lo notaba. En los días anteriores Monsalvat necesitó apoyarse en su brazo para caminar. Pero Monsalvat había hablado de aquello cuando no lo creía grave. Ahora, que se consideraba ciego, no se atrevía a decirle nada a Nacha. Parecíale que diciéndolo, su mal se agravaría. Era mejor ocultarlo y, cuando todo pasase, entonces se acordaría y le contaría sus temores a Nacha. Pero, ¿pasaría ese mal? Monsalvat pretendía sugestionarse a sí mismo, inculcarse esperanzas. Y no tanto por la esperanza en sí, sino para poder vivir, para seguir viviendo. ¡Era demasiado triste aquella muerte de sus ojos, aquella noche de su vida!
Pero cuando Nacha entró en el cuarto aquella mañana, lo comprendió todo. Aunque ella no dijera una palabra, Monsalvat tuvo la sensación de que Nacha ya lo sabía. Al sentir a la amiga junto a él, su emoción le traicionó. Extendió los brazos hacia ella y la atrajo.
—¡Nacha!—exclamó, con la voz rota, mientras se cubría los ojos con las manos, para indicar la causa de su dolor.
—No te aflijas tanto. Esta tarde iremos al médico. Tengo confianza en que sanarás...