Nacha lloraba silenciosamente, y, aunque él no podía ver su llanto, ella le ocultaba el rostro.
A la tarde fueron al consultorio de un especialista célebre. Nacha ya había explicado el caso a Torres, con minuciosos detalles. Torres visitó a su amigo y le observó insistentemente. No le auguró a Nacha nada bueno. Así es que ella no esperaba del especialista una respuesta favorable. Hacía algunos días de la visita de Torres. Desde entonces, Nacha pasaba las horas en una constante angustia. En la soledad de su cuarto, lloraba sin cesar. Y cuando estaba en presencia de Monsalvat, no hacía sino mirarle, mirarle a los ojos, como obsesionada, como si no pudiese dirigir los suyos hacia otra parte.
El especialista examinó al enfermo largamente. Cuando terminó hizo a Nacha un gesto con las dos manos, indicando que aquello no tenía remedio. Y en seguida, contestando a una pregunta de Monsalvat, repuso, afectuosamente:
—No es tan grave su caso, mi amigo. Le ordenaré unas inyecciones y espero que mejorará un poco.
—¿Usted cree que puedo mejorar...?
—Un poco, sí... no es imposible... los recursos de la ciencia son muy grandes... la naturaleza nos da tantas sorpresas... en fin... no debemos desesperarnos... hay cosas peores en la vida...
Desde este instante, Monsalvat y Nacha no desearon otra cosa que encontrarse solos. Cada uno lo deseaba por distintos motivos. Monsalvat, para desprenderse siquiera de una parte de aquella angustia que le ahogaba. Nacha, para darle su consuelo.
Porque ella tenía una idea. Desde que habló con Torres venía pensando en aquella idea que, en medio de su sufrimiento, le daba una gran felicidad.
Llegaron a la casa y entraron en el cuarto de Monsalvat. Nacha cerró la puerta con llave, para evitar que les molestasen los hijos de Moreno.
—Tengo una cosa que decirte, una cosa muy importante—empezó Nacha, dándole a Monsalvat una silla y sentándose a su lado.