—¡Es horrible mi situación, Nacha!—acertó apenas a balbucir Monsalvat.

—Mira, no te aflijas. Ya encontraremos la solución. Todo en la vida tiene una solución. La cuestión está en encontrarla...

Nacha había atraído al ciego hacia ella y le besaba en la frente. Su mano le acariciaba el cuello, los ojos, la cabeza. Monsalvat, en otro momento, se habría asombrado de aquella ternura de Nacha para con él. Sólo en tres o cuatro ocasiones transcendentales, en medio de grandes penas, se habían besado en la frente. Pero ahora, aquellos cariños le parecían cosa natural. Lo que no sabía era cómo interpretarlos, ¿Le amaría Nacha? ¿Le amaría con amor de amante y no como una hermana, según creyó hasta entonces? Por su parte, él sentía un renacer de todo su amor. Una dulzura interminable le iba invadiendo. Sin embargo, exclamó:

—¡No vale la pena vivir así!

Estas palabras decidieron instantáneamente a Nacha. No le miró ella, pero adivinó que él esperaba. Y con lentitud, llenos de lágrimas los ojos, le acercó la cabeza y puso sus labios en los de él.

—¡No digas eso, no digas eso!—le susurraba ella sin dejar de besarle.—No hay que hablar contra la Vida porque es insultar a Dios.

En medio de su gran tristeza, Monsalvat era feliz. Nacha era también feliz. Veía que él la amaba siempre y que sus palabras y sus cariños le consolaban. Y era, sobre todo, feliz Nacha, porque sentía cuánto amaba a aquel hombre. ¿Cómo no lo comprendió antes? Pero pensó que era mejor así. De este modo, la revelación de su amor disminuía enormemente el mutuo sufrimiento de la tragedia.

Nacha sintió que había llegado el momento de hablarle a Monsalvat de "su idea".

—Quiero decirte una cosa. Escúchame. Vas a ver cómo todo tiene solución en la vida...

Monsalvat dirigió su rostro hacia ella, como para mirarla. Pero no dijo una palabra. Presentía lo trascendental para su vida. Presentía algo muy bello y muy grande. Su corazón latía con golpes de una extraña fuerza. Su alma vivía aquel silencio con la vida de años enteros. Recogido en lo más hondo de su alma, esperaba. Esperaba con una ansiedad mezclada de fe, de sufrimiento, de amor. Había en su trágica expectativa tal vez un poco de lo que hay en los momentos que preceden a una tempestad o un poco de lo que debió haber en el alma de Beethoven, momentos antes de escribir la Patética.