Pero ya el silencio terminó. Ya oía él la voz de Nacha que salía muy lenta, impregnada de la emoción del instante, confiada y resuelta.

—Una vez... hace más de un año... me pediste... una cosa. Yo entonces me negué... Me negué, queriéndote en el alma... para no inutilizar tu vida... Lo diste todo por mí... lo perdiste todo por mí... Ahora, yo puedo pedirte aquello mismo...

Calló. Instantáneamente vió lo que era Monsalvat: un hombre enfermo, ciego, que nunca podría trabajar lo suficiente para vivir con holgura; un hombre solo, sin nadie en el mundo; un hombre sin más porvenir que su tristeza y su noche. Pero entornó los ojos y continuó:

—Ahora... yo quiero... que te cases conmigo...

Monsalvat meditó un momento, con la cabeza inclinada. No se movía. No se movía tampoco Nacha. Ninguno quería turbar aquel silencio en que se resolvía la tragedia de dos vidas.

—No—afirmó Monsalvat.

Nacha se echó a llorar. Él entonces explicó.

—Te quiero demasiado, Nacha, para aceptar tu sacrificio. Que me acompañes, que me cuides durante un tiempo, está bien. Pero que te unas para toda tu vida con un inválido, ¡nunca, nunca!

¡Cómo sonaron estas palabras en el corazón de Nacha! Dos martillazos no le hubieran dolido más. Pero tuvieron la virtud de redoblar su firmeza. Le inspiraron las palabras de salvación.

—No es sólo por cariño ni por agradecimiento... ¡Es por mí misma!