—Piensa que sufrirás toda tu vida y que eres joven, Nacha. Piensa que faltándome recursos podrás padecer hambre y miserias...
—Sufriré con resignación... Una vez me dijiste que era necesario sufrir... ¡No he olvidado nunca tus palabras!
—Pero, ¿toda, toda la vida, Nacha?
—Toda la vida. Lo acepto y lo deseo. Quiero rescatar la mía. Quiero merecer ser perdonada.
—¿Por quién, Nacha?—exclamó él, atrayéndola.
—No sé. Por Dios, si existe. Por la Vida, contra la cual he faltado. Por el Amor, al que tanto ofendí. Por mí misma. ¡Necesito perdonarme a mí misma...!
Monsalvat le ofreció sus labios. Era su respuesta.
—Tu vida es mía—dijo ella dulcemente y con una sonrisa de felicidad, que Monsalvat sintió.—Tu dolor es mío. Ya sólo la muerte conseguirá separamos.
Monsalvat veía una gran Luz. ¡Era una Luz infinita que llenaba el mundo, que estaba también dentro de su alma y que se proyectaba hacia el futuro, hasta el término de sus días!