EPÍLOGO

Dos años habían pasado desde el casamiento de Nacha. Ella y Monsalvat vivían en la casa de huéspedes de la calle Tacuarí, que Nacha gobernaba hábilmente. Su hermana, casada con su médico, habíase marchado a una provincia lejana. Nacha no tenía sino ternuras para su marido, y él, con aquella mujer a su lado, casi no necesitaba de sus ojos.

No era el no ver lo que apenaba a Monsalvat, sino la inutilidad en que aquella desgracia le sumía. Hubiera deseado trabajar y continuar su obra en favor del pobre y del caído. Pero ¿qué podía hacer un ciego? Se limitaba a reunir a los chicuelos del barrio, a los cuales, en forma agradable y divertida, les enseñaba muchas cosas. ¡Lástima no poder enseñarles a leer! Confiaba en la lectura casi con superstición. Creía que la renovación del mundo vendría por el amor y por el libro. Se hacía comprar por Nacha libros para los niños, y regalábaselos a los que mejor aprovechaban de sus enseñanzas.

La presencia del ciego había puesto una extraña nota en la vulgaridad de la casa de huéspedes. Los estudiantes lo adoraban, eran todos amigos suyos, y algunos verdaderos discípulos. Leíanle diarios y libros. Él explicaba, comentaba. Los estudiantes jamás le contradecían. Si no estaban de acuerdo, pedíanle una explicación de sus pensamientos, deseando convencerse, pues tenían la certeza de que toda idea que aceptase el ciego debía ser la mejor. Su palabra, habitualmente tranquila, se inflamaba en ocasiones: cuando hablaba de las imperfecciones del mundo. Pero no se indignaba contra nadie. Su espíritu había alcanzado la serenidad.

Desde que el ciego estaba en la casa, no se oían las palabras groseras, los torpes relatos que en otro tiempo. Las bromas de estudiantes habían pasado también, y se dijera que la generación de ahora tuviese de la vida un concepto noble y trascendental. El jugar a las cartas había sido reemplazado por la lectura de cuentos, de versos, de artículos de diarios. Todo estudiante que descubría un bello libro o una página maravillosa, pensaba: "Le va a gustar a don Fernando", y a la noche le leía un trozo. Si alguna vez alguien propuso una broma, no faltó quien se opusiera, diciendo:

—No hagamos eso. Puede no gustarle a don Fernando.

El ciego les predicaba el Amor, dando a esta palabra su sentido más vasto. Quería que sus jóvenes amigos amasen a sus semejantes, que no tuviesen odios para nadie, que disculpasen las doctrinas erróneas. Quería que amasen a alguna mujer, porque amando los corazones se engrandecían y el alma se purificaba. Sus discípulos llegaron a amar a sus novias o a sus amantes con amor exaltado y espiritual, no dando al instinto y a la materia sino el lugar secundario que les correspondía.

Algunas veces la lectura de un libro en común entusiasmaba al ciego. Era casi siempre el relato de alguna bella acción, la presencia de una alma grande, de una pasión maravillosa o la visión de un mundo nuevo. Entonces, Monsalvat hacía callar al lector, y a su lado, en la mesa del comedor, Nacha y cinco o seis estudiantes rodeábanle para escucharle. Su palabra adquiría una entonación cálida, un intenso fervor. El pequeño auditorio emocionábase el oirle hablar de la Vida, de la nueva Humanidad, del Amor, del Bien, de la Justicia. Como blancas palomas sus frases revoloteaban por el cuarto, llenando el ambiente de pureza, de dulzura, de bondad.