Y así pasaban los días para el ciego. Y su noche sin fin no era ahora trágica como en los primeros momentos, sino dulce, apacible y poblada de voces familiares. Tal cual estrellita asomaba allá en lo alto.
Y así pasaban las semanas y los meses, hasta que llegaron los últimos días de Julio de mil novecientos catorce. ¡Días trágicos, días de fiebre! La Guerra estaba en todas las conversaciones, en todas partes donde dos personas se encontraban. Aullaban las sirenas de los diarios, anunciando las noticias terribles. Las multitudes iban de un lado a otro, enfermas de inquietud, obsesionadas con la guerra, alucinadas, delirantes. En los diarios, agitados por la locura, los títulos se agrandaban; saltaban, vibrantes y estremecidos, a los ojos de los lectores. Una conmoción frenética, una angustia extraña, un temblor de pesadilla había en los rostros, en las cosas, en los diarios, en el aire, en todo el ambiente.
Y esta emoción monstruosa llegó naturalmente hasta Monsalvat. El ciego hacíase leer los diarios unos tras otros; hacíase llevar a la calle, frente a los pizarrones, para oir a la gente y sentir la angustia y el latido de la multitud. Pero él no había perdido enteramente su serenidad. Al contrario de los estudiantes, y de todas las gentes, que se ponían en un bando o en otro, Monsalvat permanecía neutral, ajeno a aquellas pasiones insanas.
Por fin comenzó la Gran Guerra. Un atardecer de Agosto, los estudiantes llevaron a la casa la noticia de que la caballería alemana acababa de invadir Francia. Estaban todos en la mesa. Los que entraron, gritaron desde el umbral, emocionados, con la voz temblante:
—¡Ya empezó! ¡Alemania ha invadido el territorio francés!
El latigazo de una conmoción brutal dió de golpe a todos los que allí estaban. Hubo un instante de silencio. Luego vinieron las palabras de asombro, de maldición, o de simpatía hacia alguno de los bandos. Un estudiante se levantó y gritó un ¡Viva Francia!
Sólo el ciego no decía nada. Permanecía como recogido en sí mismo.
Por fin, notando su silencio, alguien le pidió su opinión.
Y entonces él habló. Había en su voz un gran dolor, pero al mismo tiempo su rostro expresaba la serenidad, el optimismo, la ilusión.
—Esta guerra es un crimen monstruoso—dijo.—Es el mayor de los crímenes que se hayan cometido sobre la tierra. Y no tanto por la muerte de los seres humanos como producirá, sino porque destruye una de las más bellas ilusiones que soñaron los hombres de corazón.