El mejor modo de cazar es con un compañero simpático, no formando los dos más que una sola voluntad; y aunque al llegar á las posadas no se hace la misma bromita que cuando van juntos varios, en cambio, cazando bien pueden sacarse grandes ventajas de la expedicion si son dos los tiradores. Ya en el terreno, el uno aguarda al otro, y se tiene ocasion de admirar y aplaudir un buen tiro; además, se puede seguir con tiento al perro que le rastrea un peon; se consulta el órden de caza, y dos votos condescendientes no tardan en estar conformes, cediendo un poco cada uno en sus pretensiones. ¿Sucede lo mismo siendo cinco ó seis cazadores en el monte, aunque sea gran maestro y conocedor del terreno el que guie la cacería? No, pues es muy difícil la ciega obediencia á la voz del jefe; á lo mejor uno se queda rezagado, al otro se le ha dejado al tiempo de pasar un arroyo, otro no quiere cambiar de lado sin consideracion al que todo el dia le ha tocado un mal sendero. Esto y mucho más sucede cuando se caza con varios compañeros. ¿Y los perros? He aquí otro inconveniente. Al primer tiro, caiga ó no caiga la pieza, dan tal embestida que baten el terreno á doscientos metros de distancia, y los cazadores, ya sea con el silbato ó bien á grandes voces, ó llamándolos por su nombre les reprenden; de suerte que, tan bien preparado queda el terreno, que ya puede estarse tranquilo el cazador, liar un cigarrillo y fumárselo, despues de lo cual puede tambien pasarse la escopeta al hombro y seguir andando; de seguro que no tendrá que hacer uso de ella. Más extenso seria sobre este particular, pero suponiendo que lo que acabo de manifestar está al alcance de cualquier cazador experimentado, mis reflexiones sólo van dirigidas á los importunos que quieren siempre salir á cazar formando guerrillas y órden de parada.
El señor baron de Córtes trata del mismo asunto en sus Recuerdos de caza, y si yo fuese á describir los inconvenientes que ofrece el cazar cinco ó seis á mano gallega, convertiríame en plagiario de dicho señor, además de que no sabria expresarlo con tanta lucidez.
Añadiré, para concluir, que todo el que tenga un buen perro no lo lleve á ninguna cacería en que los compañeros pasen de tres, pues de seguro que el can adquirirá resabios difíciles de remediar.
TERRENOS Y RECUERDOS AGRADABLES.
Todos los cazadores muestran preferencia y predileccion por aquellos cazaderos donde más víctimas han hecho. La caza de la perdiz en Cataluña, generalmente, hácese por terrenos penosos y montes bastante elevados. En este caso se encuentran las montañas de los alrededores de Barcelona, y como tanto se ha ido poblando y la aficion á la caza va en aumento, sucede que á los domingueros les queda muy poco recurso para cazar, resultando que muchos regresan á su casa sin haber podido disparar la escopeta. Esta falta de caza motiva que gran número de aficionados se metan en el ferro-carril, largándose en busca de mejor fortuna, y sólo se detienen, ya sea entre Martorell y Gelida, ó bien bajan en Molins de Rey y llegan hasta Vallirana, en cuyos puntos hay excelentes cazaderos, pero muy quebrados; y como la caza se va extinguiendo, ya por la grande aficion que se ha despertado, ya por la poca vigilancia en dejar cazar en tiempo de veda y con ardides, esto hace que las cacerías den muy pobres resultados, y que el que regresa á su casa con un par de perdices se da por muy dichoso, pues ahora en los terrenos indicados no siempre se mata.
Otros escogen la salida por la parte de Moncada, alargándose algunos hasta Montmeló, cazando por Sant Fost, Martoreyas y Rexachs, terrenos malos, si bien en ellos siempre hay perdices, y en el bosque y malezas puede tirarse á alguna becada, las cuales huyen de las vernedas cuando hay fuertes heladas. El que tiene la voluntad de cazar en los mencionados terrenos va mojado todo el dia, pues allí la neblina es muy pertinaz. Si afortunadamente se logra hacer bajar las perdices hácia el Besós, á pesar de que hay mucha maleza, puede dispararse con provecho alguna vez la escopeta á muestra de perro. Esos terrenos son muy penosos, ya por la topografía del país, así como por las humedades, por cuyo motivo la experiencia aconseja no ir con frecuencia á dicho sitio.
Otro cazadero hay, tal vez el más predilecto por parte de las perdices para hacer sus crias; refiérome al monte de Moncada, en cuyo cerro descuellan las ruinas del ex-telégrafo y cuerpo de guardias. El cazador barcelonés que no haya cazado en ese cerro, cuente que le falta algo por ver, pues además de la perspectiva que desde él se descubre, hay ricos manantiales de agua, inclusa la célebre Font del ferro, que da frente al Besós, y por la parte opuesta la no menos renombrada Font de mitja Costa (hoy dia bastante abandonada), en cuyo sitio los cazadores han echado muchas chuletadas. Tales son las ventajas que ofrece el cazar en ese monte, porque si la caza no va bien, en cambio se indemniza con el almuerzo y el bello panorama que disfruta la vista, olvidándose del cansancio que produce la llegada hasta el telégrafo, por cuyo punto es indispensable tomar la mano del cazadero, y de seguro que á la mañanita siempre se encontrarán perdices, las cuales dan juego al cazador todo el dia: hay sorpresas buenas y por la mano baja se caza bien.
Hoy dia tales salidas figuran en la categoría de las llamadas de recurso, ya que los ferro-carriles han acortado prodigiosamente las distancias, de suerte que los que pueden disponer de algun tiempo lo emplean en ir en busca de cazaderos lejanos, ya sea al confin de la provincia ó á otra lindante con la nuestra.