El mismo Braga, que al principio patrocinaba estas fantasías, echó á volar en 1869 otra todavía más estupenda, de la cual afortunadamente ha prescindido después. En una nota á los Cantos populares do Archipelago Açoriano (p. 405), dice, al parecer en serio: «La novela de Amadís de Gaula es la historia de la persecución de los Albigenses ó del partido democrático del siglo XII».

[343] La mención de la artillería en el Amadís («en señal de alegría fueron tirados muchos tiros de lombardas») no prueba, como creyó Clemencín, que la obra sea posterior á 1342, en que, con ocasión del cerco de Algeciras, hablan por primera vez nuestras crónicas de «pellas de fierro lanzadas con los truenos», porque este detalle pudo añadirle Garci Ordóñez de Montalvo en su refundición.

[344] El Amadís y el Esplandián, como obras de larga composición, debieron de ocupar á Montalvo muchos años, según conjeturó Clemencín (Quijote, I, 107). Este pasaje del capítulo LII del libro IV no cuadra al tiempo de los Reyes Católicos, pero se ajusta maravillosamente al de Enrique IV:

«Pero ¡mal pecado! los tiempos de agora mucho al contrario son de los pasados, segun el poco amor e menos verdad que en las gentes contra sus Reyes se halla; y esto debe causar la costelacion del mundo ser mas envejecida, que perdida la mayor parte de la virtud, no puede llevar el fruto que debia, asi como la cansada tierra, que ni el mucho labrar ni la escogida simiente pueden defender los cardos y las espinas con las otras yerbas de poco provecho que en ella nacen. Pues roguemos a aquel Señor poderoso que ponga en ello remedio; e si a nosotros como indinos oir no le place, que oya aquellos que aun dentro en las fraguas sin dellas haber salido se fallan, que los faga nacer con tanto encendimiento de caridad e amor, como en aquestos pasados habia; e a los Reyes que, apartadas sus iras e sus pasiones, con justa mano e piadosa los traten y sostengan».

Ni en el Amadís ni en las Sergas se menciona acontecimiento ninguno posterior á la conquista de Granada y á la expulsión de los judíos, que está expresamente recordada en la exclamación con que finaliza el cap. CII del Esplandián: «No retiniendo sus tesoros, echaron del otro cabo de las mares aquellos infieles que tantos años el reino de Granada tomado y usurpado contra toda ley y justicia tuvieron; y no contentos con esto, limpiaron de aquella sucia lepra, de aquella malvada herejia que en sus reinos sembrada por muchos años estaba».

No es inverosímil, por consiguiente, que ambas novelas fuesen impresas dentro del siglo XV, aunque hasta ahora no hayan sido descubiertas tales ediciones.

[345] No se ha de perder de vista, sin embargo, que el Amadís se escribió dos siglos antes de que el Concilio de Trento declarase nulos los matrimonios clandestinos. De este género es el de Amadís y Oriana, en que faltan los testigos, pero no la forma esencial del sacramento, que es el mutuo consenso por palabras de presente. El autor prefirió sin duda el matrimonio secreto por ser más novelesco, pero procede con toda la corrección canónica que su tiempo permitía, haciendo que el santo ermitaño Nasciano imponga á Oriana una penitencia por el pecado de clandestinidad, aunque reconociendo la validez del matrimonio. «Mas ella le dijo llorando cómo al tiempo que Amadís la quitara de Arcalaus el encantador, donde primero la conoció, tenia dél palabra como de marido se podia e debia alcanzar. Desto fue el ermitaño muy ledo, e fue causa de mucho bien para muchas gentes... Entonces la absolvió, e le dio penitencia cual convenía» (lib. III, cap. IX). Y en el libro IV, capítulo XXXII, vuelve á confirmarlo el mismo ermitaño hablando con el rey Lisuarte: «Cuando esto fue oido por el Rey, mucho fue maravillado e dijo: ¡Oh padre Nasciano! ¿es verdad que mi hija es casada con Amadis?—Por cierto, verdad es (dijo él) que él es marido de vuestra fija, y el doncel Esplandian es vuestro nieto». Si esta doctrina no hubiese sido enteramente ortodoxa, la Inquisición no la hubiese dejado pasar, tratándose de materia tan delicada.

[346] Dice el cínico Brantôme en su libro, demasiado conocido, Les dames galantes, que «quisiera tener tantos centenares de escudos en la bolsa como mujeres, así seglares como religiosas, había pervertido la lectura del Amadis». Aunque Brantôme no sea autoridad muy abonada en estas materias, su testimonio es curioso porque concuerda con el de nuestros moralistas del siglo XVI. Y, en efecto, la experiencia enseña que los libros más peligrosos para la gente moza é inexperta suelen ser los que no lo parecen. La licencia brutal tiene atractivo para muy pocos; el idealismo que pudiéramos llamar sensual, con aparente paradoja, es mayor escollo para las almas delicadas.

[347] Por lo general, Montalvo pasa como sobre ascuas por esta clase de escenas, y da á entender que los detalles le repugnaban; por ejemplo, en el cap. XII del primer libro: «Galaor holgó con la doncella aquella noche a su placer, e sin que más aqui os sea recontado, porque en los autos semejantes, que a virtud de honestad no son conformes, con razon debe hombre por ellos ligeramente pasar, teniendolos en aquel pequeño grado que merecen ser tenidos». ¿Podrá indicar esta salvedad que suprimió algo del texto primitivo?

[348] Esta tesis sostuvo el malogrado profesor D. Francisco de Paula Canalejas en su tratadito sobre Los Poemas Caballerescos y los libros de caballerías (Madrid, 1878), p. 196 y ss.