Tropieza en celos si a Cupido sigo.

¡Oh amor, dulce enemigo,

Oh cruel tirana,

Reinar y amar no quieren compañía!

Ya parece que Octavia escuchaba a Carlos tan bien como le había mirado; pues estuvo en el balcón mientras Carlos cantó el referido soneto. Había de ser desgraciada, y empezaba ya su desdicha a ponerla en las ocasiones de perderse: y así dio lugar, con estarse queda en el balcón, a que Carlos, como que hablaba con sus mismos pensamientos, le afease lo mal que decía tanta hermosura con tanta crueldad; que aunque no tuvo respuesta, se contentó el amante con el favor de haberle escuchado, con lo que tuvo atrevimiento de escribirla este papel:

«No sé qué gloria consigues, divina Octavia, en ser cruel, o en qué te ofende mi amoroso rendimiento, que te excuses, ya que no de premiarle, de oírle, que aún no me conceden tus hermosos ojos licencia de nombrarme tuyo; pues asegúrote que, o has de dejar de ser hermosa, o que no he de apartarme de amarte; y pues es cada imposible de estos imposible vencerle, permíteme, que pues soy y he de ser tuyo mientras tuviere vida, el favor de oírme, que con esto la sustentaré para ser tuyo.»

¡Qué peligrosa bala para el fuerte de la honestidad es la porfía! Todas cuantas defensas se pueden poner, rinde, como sucedió en Octavia; pues habiendo venido a sus manos este papel por medio de una criada, a quien Carlos supo granjear con oro, lo que primero había sido agrado se convirtió en amor.

Enamorose Octavia, y dejose vencer de suerte que tuvo Carlos respuesta de este y otros que le escribió, y no solo este favor, mas el hablarle de noche por una reja después de acostados sus padres, que don Juan su hermano no asistía en Milán, acudiendo fuera de ella a sus estudios: era muchacho y no muy bien inclinado; ocasión para que su padre le privase de sus regalos. Deseaba que fuese eclesiástico, aunque él no tenía ese parecer, y con esto tenía más lugar Octavia para seguir su empresa amorosa, con intención de ver si podía granjear a Carlos para esposo.

Algunos meses entretuvo Octavia a su amante con solo este favor de hablarle, sin consentirle tomarla una mano por la permisión que daba la reja, temerosa, aunque le quería bien, de algún engaño, conociendo que era un imposible si el amor no le obligaba, por ser Carlos tan rico. Este, más enamorado con las resistencias de Octavia, estaba deseoso de mayores favores; mas la dama, al paso que le veía desearlos más, se los negaba, tanto que ya tocaba en crueldad, de lo que el galán se quejaba, culpando su poco amor, y para mostrárselo mejor cantó una noche a los ecos de un laúd que le traía un criado, esta canción:

¡Ay cómo imito a Tántalo en la pena,