Dio en el espejo, y deslumbró los ojos.
Sintió dulces enojos,
Y apartando el cristal, dijo piadosa:
Por no haber visto a Celio fui animosa,
Y aunque llegue a abrasarme,
No pienso de sus rayos apartarme.
Recibió Celio con tanto gusto este papel, que pensé que ya mi ventura era cierta: y no fue, sino que a nadie le pesa de estar querido; alabó su ventura, encareció su suerte, agradeció mi amor, dando muestras del suyo, y dándome a entender que me le tenía desde el día que me vio; solemnizó la traza de darle a entender el mío, y finalmente, armó lazos en que acabase de caer, solemnizando en un romance mi hermosura y su suerte.
¡Ay de mí! que cuando considero las estratagemas con que los hombres rinden las mujeres, digo que todos son traidores, y el amor guerra y batalla campal, donde el amor combate a sangre y fuego al honor, alcaide de la fortaleza del alma.
De mí te digo, Fabio, que aunque ciega, y más cautiva a esta voluntad, no dejo de conocer lo que he perdido por ella; pues cuando no sea sino por haber dejado de ser cuerda, queriendo a quien me aborrece, basta este conocimiento para tenerme arrepentida si durase este propósito.
En fin, Celio es el más sabio para engañar que yo he visto, porque supo dar tal color de verdadero a su amor, que le creyera no solo una mujer que sabía la verdad de un hombre que se preció de tratarla, sino a las más astutas y sagaces.