Sus visitas eran continuas, porque mañana y tarde estaba en mi casa, tanto que sus amigos llegaron a conocer (en verle negar a su conversación) que la tenía con persona que la merecía; en particular uno de su nombre, con quien la conservó más que con ninguno, y a quien contaba sus empleos, que según me dijo el mismo Celio, me tenía lástima, y le rogaba no me hablase si me había de dar el pago que a otras.
Sus papeles eran tantos, que fueron bastantes a volverme loca. Sus regalos tan en tiempo, que parecía tener de su mano los movimientos del cielo. Yo simple, ignorante de estas traiciones, no hacía sino aumentar amor sobre amor, y si bien se le tuve siempre, fue con propósito de hacerle mi esposo, que de otra manera antes me dejara morir que darle a entender mi voluntad: y en ello entendí hacerle harto favor.
Celio no debía de pensar esto, según pareció, aunque no ignoraba lo que ganara en tal casamiento; mas yo con mi engaño estaba tan contenta en ser suya, que ya de todo punto no me acordaba de don Félix; solo en Celio estaban empleados mis sentidos, si bien temerosa de su amor, porque desde que le empecé a querer, temí perderle: y para asegurarme de este temor, un día que le vi más galán y más amante, le conté mi pensamiento, diciéndole que si como tenía cuatro mil ducados de renta, tuviera todas las riquezas del mundo, de todas le hiciera señor.
Seguía Celio las letras, y en ellas tenía más acierto que yo ventura, con lo que cortó a mi pretensión la cabeza, diciendo que él había gastado sus años en estudios de letras divinas, con propósito de ordenarse de sacerdote, y que en eso tenían puesto sus padres los ojos, fuera de haber sido esta su voluntad; y que supuesto esto, que le mandase otras cosas de mi gusto, que no siendo esta, las demás haría, aunque fuese perder la vida: y que en razón de asegurarme de perderle, me daba su fe y palabra de amarme mientras durase la que tenía.
Lo que sentí en ver defraudadas mis esperanzas, confirmándose en todo mis temores y recelos, pues siendo quien soy, no era justo querer si no era al que había de ser mi legítimo marido, y respecto de esto había de tener fin nuestra amistad, dieron lágrimas mis ojos, y más viendo a Celio tan cruel que en lugar de enjugarlas, pues no podía ignorar que nacían de amor, se levantó y se fue, dejándome bañada en ellas; y así estuve toda aquella noche y otro día, hasta que allá a la tarde vino Celio a disculparse con tanta tibieza que en lugar de enjugarlas las aumentó.
Esta fue la primera ingratitud que Celio usó conmigo, y como a una siguen muchas, empezó a descuidarse de mi amor, de suerte que ya no me veía sino de tarde en tarde, ni respondía a mis papeles, siendo otras veces objeto de su alabanza.
A estas tibiezas daba por disculpa sus ocupaciones y amigos, y con ellas ocasión a mis tristezas y desasosiegos, tanto que ya las amigas, que adoraban mis donaires y entretenimientos, huían de mí, viéndome con tanto disgusto.
Acompañó su desamor con darme celos. Visitaba damas, y decíalo, que era lo peor, con que irritando mi cólera y ocasionando mi furor, empecé a ganar en su opinión nombre de mal acondicionada; y como su amor fue fingido, antes de seis meses se halló tan libre de él como si nunca le hubiera tenido; y como ingrato a mis obligaciones, dio en visitar a una dama libre y de las que tratan de tomar placer y dineros, y hallose tan bien con esta amistad, porque no le recelaba ni apretaba, que no se le dio nada que yo lo supiese, ni hacía caso de las quejas que yo le daba por escrito y de palabra las veces que venía, que eran pocas.
Supe el caso por una criada mía que le siguió y supo los pasos en que andaba. Escribí a la mujer un papel, pidiéndola no le dejase entrar en su casa. Lo que resultó de eso fue no venir más a la mía, por darse más enteramente a la otra. Yo triste y desesperada pasaba los días y las noches llorando: mas ¿para qué te canso con estas cosas?, pues con decir que cerró los ojos a todo, basta.
Fue fuerza en medio de estos sucesos irse a Salamanca: y por no volver a verme, se quedó allí aquel año. Lo que en esto sentí, te lo dirá este traje y este monte, donde siendo yo quien sabes, me has hallado.