A pocos días que estaba en Salamanca, supe que andaba de amores, por nuevo, por galán y cortesano; cuyas nuevas sentí tanto, que pensé perder el juicio. Escribile unas cartas, no tuve respuesta.
En fin, me determiné ir a aquella famosa ciudad, y procurar con caricias volver a su gracia; y ya que no estorbase sus amores, por lo menos llevaba determinación de quitarme la vida.
Mira, Fabio, en qué ocasiones se vio mi opinión; mas, ¿qué no hará una mujer celosa?
Comuniqué mi pensamiento con doña Guiomar, con quien descansaba, y viendo que estaba resuelta, no quiso dejarme partir sola. Entraba en casa un gentilhombre, cuya amistad y llaneza era de hermano, al cual rogó doña Guiomar y su madre que me acompañase: él lo aceptó, y alquilando dos mulas, salimos de Madrid bien prevenidos de joyas y dineros.
Y como yo sé tan poco de caminos, porque los que había andado en compañía de don Félix había sido con más recato, en lugar de tomar el camino de Salamanca, el traidor que me acompañaba tomó el de Barcelona, y antes de llegar a ella media legua, me quitó cuanto llevaba, y con las mulas se volvió por do había venido.
Quedé en el campo sola y desesperada, con intento de hacer un disparate. En fin, a pie empecé a caminar, hasta que salí del monte al camino real, donde hallé gente, a quien pregunté ¿qué tanto estaba de allí Salamanca? De que se rieron, respondiéndome que más cerca estaba de Barcelona, en lo que vi el engaño del traidor, que por robarme me trajo allí.
Animeme, y a pie llegué a Barcelona, donde vendiendo una sortijilla de hasta diez ducados, que por descuido me quedó en el dedo, compré este vestido, y me corté el cabello. De esta suerte vine a Monserrate, donde estuve tres días, pidiendo a aquella santa imagen me ayudase y favoreciese en mis trabajos, y llegando a pedir a los padres me diesen algo que poder comer, me preguntaron si quería servir de zagal para traer al monte este ganado: yo, viendo tan buena ocasión para que Celio ni nadie sepa de mí, y yo pueda llorar mis desdichas, acepté el partido, donde ha cuatro meses que estoy, con propósito de no volver eternamente donde nadie me vea.
Esta es la ocasión de mis desdichadas quejas, que te dieron motivo a buscarme: en estas ocasiones me ha puesto amor, y en ellas pienso acabar mi vida.
Atento había estado Fabio a las razones de Jacinta, y viendo que había dado fin, la respondió así:
—Por no cortar el hilo, discreta Jacinta, a tus lastimosos sucesos, tan bien sentidos como bien dichos, no he querido decirte, hasta que les dieses fin, que soy Fabio, el amigo de Celio, que dijiste que estaba tan lastimado de tu empleo, cuanto deseoso de conocerte.