—Con estos brazos, noble y discreto Fabio —replicó Jacinta, llenos los ojos de lágrimas, enlazándolos al cuello del bien entendido mancebo—, quiero, si no pagar, agradecer la merced que me haces; y pues el cielo te trajo a tal tiempo por estos montes inhabitables, quiero pensar que no me tiene olvidada; iré contigo más contenta de lo que piensas y te obedeceré en todo lo que de mí quisieres ordenar, y no haré mucho, pues todo es tan a provecho mío.

La entrada en el monasterio acepto; solo en lo que no podré obedecerte será en tomar uno ni otro estado si no se muda mi voluntad, porque para admitir esposo, me lo estorba mi amor, y para ser de Dios, amo a Celio; porque aunque es la ganancia diferente, para dar la voluntad a tan divino esposo es justo que esté muy bien libre y desocupada.

Bien sé lo que gano por lo que pierdo, que es el cielo o el infierno, que tal es de mis pasiones; mas no fuera verdadero mi amor si no me costara tanto. Hacienda tengo; bien podré estarme en el estado que poseo sin mudarme de él. Soy fénix de amor; quise a don Félix hasta que me le quitó la muerte, quiero y querré a Celio hasta que ella triunfe de mi vida.

Y si tú haces que Celio me vea, con esto estoy contenta, porque como yo le vea, eso me basta, aunque sé que ni me ha de agradecer esta fineza, esta voluntad, ni este amor, mas aventurareme perdiendo; pues ni él dejará de ser tan ingrato como yo firme, ni yo tan desdichada como he sido, mas por lo menos comerá el alma el gusto de su vista, a pesar de sus despegos e ingratitud.

Con esto se levantaron y dieron la vuelta a la santa iglesia, donde reposaron aquella noche, y otro día partieron a Barcelona, donde mudó Jacinta de traje, y tomando un coche y una criada, dieron la vuelta a la corte, donde hoy vive en un monasterio de ella, tan contenta que le parece que no tiene más bien que desear, ni más gusto que pedir.

Tiene consigo a doña Guiomar, porque murió su madre, y antes de su muerte la pidió la amparase hasta casarse, de quien supe esta historia, para que la pusiese en este libro por maravilla, que lo es, y suceso tan verdadero; porque a no ser los nombres de todos supuestos, fueran de muchos conocidos.

Con tanto donaire y agrado contó la hermosa Lisarda esta maravilla, que colgados los oyentes de sus dulces razones y prodigiosa historia, quisieran que durara toda la noche, y así conformes y de un parecer comenzaron a alabarla y darla las gracias de favor tan señalado, y más don Juan, que como amante se despeñaba en sus alabanzas, dándola a Lisis con cada una la muerte, tanto que, por estorbarlo, tomando la guitarra que sobre la cama tenía, llorando el alma cuando cantaba el cuerpo, hizo señas a los músicos, los cuales atajaron a don Juan las alabanzas, y a Lisis el pesar de oírlas con este soneto:

No desmaya mi amor con vuestro olvido,

Porque es gigante armado de firmeza,

No os canséis con tratarle con tibieza,