NOCHE QUINTA.


DESENGAÑO QUINTO.


TARDE LLEGA EL DESENGAÑO.

Acabada la música, ocupó la hermosa Filis el asiento que había ya quedado desembarazado, bien temerosa de salir del empeño tan airosa como las demás que habían desengañado; y congojada de esto, cubriendo el hermoso rostro de nuevas y alejandrinas rosas que el ahogo le causaron, dijo:

—Cierto, hermosas damas y discretos caballeros, y tú, divina Lisis, a cuyo gobierno estamos todas sujetas, que cediera de voluntad a cualquiera, que me quisiera sacar de este empeño en que estoy puesta, este lugar; porque haber de desengañar en tiempo que se usan tantos engaños, que ya todos viven de ellos, de cualquiera estado o calidad que sean, es fuerte rigor; y así digo que ni las mujeres son engañadas, que una cosa es dejarse engañar y otra es engañarse; ni los hombres deben de tener la culpa de todo lo que se les imputa; y así muchas mujeres vemos hoy, sin los casos pasados, llorar y gemir por haber sido burladas.

¿Qué mejor desengaño habemos menester? Mas dirán lo que dijo una vez una bachillera, oyendo contar una desdicha que había sucedido a una dama casada: «Bueno fuera que por una nave que se anega, no navegasen las demás.» Y cierto que, aunque se dice que el libre albedrío no está sujeto a las estrellas, pues aprovechándonos de la razón las podemos vencer, soy de parecer que, si nacimos sujetos a desdichas, es imposible apartarnos de ellas.

Bien se advierte en Camila y Roseleta, que ni la una con su prudencia pudo librarse, aunque calló, ni la otra con su arrojamiento, hablando, se libró tampoco; y aunque miro en Carlos y don Pedro dos amigos bien crueles, no me puedo persuadir a que todos los hombres sean de una misma manera; pues juzgo que ni los hombres deben ser culpados en todo, ni las mujeres tampoco. Ellos nacieron con libertad de hombres, y ellas con recato de mujeres; y así, por lo que deben ser más culpadas, dejando aparte que son más desgraciadas, es que, como son las que pierden más, luce en ellas más el delito; y por esto, como los hombres se juzgan los más ofendidos, quéjanse y condénanlas en todo, y así están hoy más abatidas que nunca, porque deben de ser los excesos mayores.