Demás de esto, como los hombres, con el imperio que naturaleza les otorgó en serlo, temerosos quizá de que las mujeres no se le quiten, pues no hay duda que si no se dieran tanto a la compostura, afeminándose más que naturaleza las afeminó, y como en lugar de aplicarse a jugar las armas y a estudiar las ciencias, estudian en rizar el cabello y matizar el rostro, ya pudiera ser que pasaran en todo a los hombres: luego el culparlas de fáciles y de poco valor y menos provecho es porque no se les alcen con la potestad; y así, en empezando a tener discurso las niñas, pónenlas a labrar y hacer vainillas, y si las enseñan a leer es por milagro; que hay padre que tiene por cosa de menos valor que sepan leer y escribir sus hijas, dando por causa que de saberlo son malas; como si no hubiera muchas más que no lo saben y lo son; y esta es natural envidia y temor que tienen de que los han de pasar en todo.
Bueno fuera que si una mujer ciñera espada, sufriera que la agraviara un hombre en ninguna ocasión; harta gracia fuera que si una mujer profesara las letras, no se opusiera con los hombres tanto a las dudas como a los puestos: según esto, temor es el abatirlas y obligarlas a que ejerzan las cosas caseras.
Esto prueba bien el valor de las hermanas del emperador Carlos V, que no quiero asir de las pasadas, sino de las presentes; pues el entendimiento de la serenísima infanta doña Isabel Clara Eugenia de Austria, pues con ser el católico rey don Felipe II de tanto saber que adquirió el nombre de prudente, no hacía ni intentaba acción alguna que no tomase consejo con ella: en tanto estimaba el consejo de su hija; pues en el gobierno de Flandes bien mostró cuán grande era su saber y valor.
Pues la excelentísima condesa de Lemos, camarera mayor de la serenísima reina Margarita, y aya de la emperatriz de Alemania, abuela del excelentísimo conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, fue de tan excelentísimo entendimiento, demás de haber estudiado la lengua latina, que no había letrado que la igualase.
La señora doña Eugenia de Contreras, religiosa en el convento de Santa Juana de la Cruz, hablaba la lengua latina, y tenía tanta prontitud en la gramática y teología, por haberla estudiado, que admiraba a los más elocuentes en ella.
Pues demás de estas hay otras muchas de que hoy goza el mundo, excelentes en prosa y verso, como se ve en la señora doña María Varona, religiosa en el convento de la Concepción Jerónima, y la señora doña Ana Caro, natural de Sevilla: y ya Madrid ha visto y hecho experiencia de su entendimiento y excelentísimos versos, pues los teatros la han hecho estimada y los grandes entendimientos la han dado laureles y vítores, rotulando su nombre por las calles; y no será justo olvidar a la señora doña Isabel de Ribadeneira, dama de mi señora la condesa de Gálvez, tan excelente y única en hacer versos que de justicia merece el aplauso entre las pasadas y presentes: pues escribe con tanto acierto que arrebata, no solo a las mujeres, mas a los hombres, el laurel de la frente; y otras muchas que no nombro por no ser prolija.
Puédese creer que, si como a estas que estudiaron las concedió el cielo tan divinos entendimientos, si todas hicieran lo mismo, unas más y otras menos, todas supieran y fueran famosas.
De manera que no voy fuera de camino en que los hombres, por temor y envidia, las privan de las letras y las armas, como hacen los moros a los cristianos que han de servir donde hay mujeres, que los hacen eunucos por estar seguros de ellos.
¡Ah, damas hermosas, y qué os pudiera decir si supiera que como soy oída no había de ser murmurada! Ea, dejemos las galas, rosas y rizos, y volvamos por nosotras; unas con el entendimiento y otras con las armas; y será el mejor desengaño para las que hoy son y las que han de venir; y supuesto que he dicho lo que me parece, y ya que estoy en este asiento, he de desengañar, es fuerza que, cumpliendo el mandamiento de la divina Lisis, ha de ser mi desengaño contra los caballeros; y por si algún día los hubiere menester, les pido perdón y licencia.
Con gran gusto escucharon todos a la hermosa Filis, que después de haberla dado las gracias, y concedido lo que tan justamente pedía, empezó así: