¿Quién es tu enemigo? El adagio lo dice. Ellos, por no declararse por engañadores, disimulan y queréllanse de que no hay que fiar de ellas, porque todas engañan. Ved cómo la verdad está mal recibida: ellas, por no morir a manos de los engaños de los hombres, desengañan y quieren más morir a las suyas, que bien cruel es la mala opinión en que las tienen; porque, ¿qué mayor desengaño que quitarles su dinero y ponerlos en la calle?
El daño es que los hombres, como están tan hechos a engañar que ya se hereda como mayorazgo, lo mismo hacen con la buena como con la que no lo es. Ellos dicen hacerlo por escarmentados, y este es el mayor engaño suyo, que no es sino porque no pueden más.
Miren las que no tratan de los deleites vulgares lo que les sucede a otras y será el verdadero acierto el mal, que como las que digo no van con el dictamen de las demás, que es engañar y desengañar, entran en el engaño y se están en él toda la vida, y aun de esto se les ha seguido a muchas la muerte, como se verá en mi desengaño.
Pues si hoy las que estamos señaladas para desengañar hemos de decir verdades y queremos ser muestras de ellas, ¿qué esperamos sino odios y rencillas?; y aseguraré hay más de dos que están deseando salir de este lugar para verter de palabra y por escrito la ponzoña que les ha ocasionado nuestro sarao; luego bien prevenida está la posta y bien dispuesto el traer puestas las espuelas, y con todo esto no he de morir de miedo; ya estoy en este asiento, desengañar tengo a todas y guardarme de no ser engañada.
Paciencia, caballeros, que todo viene a ser una satirilla más o menos, y eso no hará novedad, porque ya sé que no puede faltar; mas en esto me la ganan, porque jamás dije mal de las obras ajenas; y hay poetas y escritores que se pudren de que los otros escriban.
Todo lo alabo, todo lo estimo; si es levantadísimo, lo envidio, no porque lo haya trabajado su dueño sino por no haber sido yo la que lo haya alcanzado, y juzgo, en siendo obra del entendimiento, que cuando no se estime de ella otra cosa sino el desvelo del que la hizo, hay mucho que estimar; y supuesto que yo no atropello ni digo mal de los trabajos ajenos, mereceré de cortesía que se diga bien de los míos, y en esta conformidad digo así:
En la Babilonia de España, en la nueva maravilla de Europa, en la madre de la nobleza, en el jardín de los divinos entendimientos, en el amparo de todas las naciones, en la progenitora de la belleza, en el teatro de la gloria, en el archivo de todas las gracias, en la escuela de las ciencias, en el cielo tan parecido al cielo, que es locura dejarle si no es para irse al cielo, y, para decirlo todo de una vez, en la ilustre villa de Madrid, Babilonia, madre, maravilla, jardín, archivo, escuela, progenitora, retrato y cielo, en fin, retiro de todas las grandezas del mundo, nació la hermosísima Laurela, no en estos tiempos, que en ellos no fuera admiración el ser tan desgraciada como ella por haber tantas bellas y desgraciadas, de padres ilustres y ricos, siendo la tercera en su casa, por haberse adelantado la primera y segunda hermana, no en hermosura, sino en nacer antes que Laurela.
Ya se entiende que, siendo sus padres nobles y ricos, la criarían y doctrinarían bien, enseñándola todos los ejercicios y habilidades convenientes, pues sobre los caseros, lavar, bordar y lo demás, que es bien que una mujer sepa para no estar ociosa, sabía leer, escribir, tañer y cantar a una arpa, en que salió tan única que, oída sin ser vista, parecía un ángel, y vista y oída, un serafín.
Aún no tenía Laurela doce años cuando ya tenía doce mil gracias; tanto que ya las gastaba como desperdicios y la llamaban el milagro de naturaleza; y si bien criada con el recogimiento y recato que era justo, ni se pudo esconder de los ojos de la desdicha, ni de los de don Esteban, mozo libre, galán, músico, poeta y, como dicen, baldío, pues su más conocida renta era servir, y en faltando esto le faltaba todo: no se le conocía tierra ni pariente, porque él encubría en la que había nacido, quizá para disimular algunos defectos de bajeza. Servía a un caballero del hábito, y era de él bien querido por sus habilidades y solicitud.
Tendría don Esteban, al tiempo que vio a Laurela, diez y nueve a veinte años, edad floreciente y en la que mejor asesta sus tiros el amor; y así fue, pues viendo un día a la hermosa niña en un coche, en compañía de su madre y hermanas, se enamoró tan locamente (si se puede decir así) que perdió el entendimiento y la razón, que no pudo ser menos, pues informado de quién era Laurela, no desistió de su propósito, conociéndole tan imposible, pues ni aun para escudero le estimaran sus padres.