Andaba loco y desesperado, y tan divertido en sus pensamientos que faltaba a la asistencia de su dueño; si bien como había otros criados, no se conocía de todo punto su falta.

En fin, viéndose naturalmente morir, se determinó a solicitar y servir a Laurela, y probar si por esta parte podía alcanzar lo que no conseguía por otra, supuesto que no alcanzaba más bienes que los de su talle y gracias, que en cuanto a esto no había que desperdiciar en él.

Paseaba la calle, dábala músicas de noche, componiendo él mismo los versos, engrandeciendo su hermosura y gentileza, porque en esto era tan pronto que, si cuanto hablaba lo quería decir en versos, tenía caudal para todo, mas de nada de esto hacía caso ni lo sentía Laurela, porque era tan niña que no reparaba en ello, ni aunque a esta sazón tenía catorce años, porque todo este tiempo pasó don Esteban en sus necios desvelos, no había llegado a su noticia qué era amar ni ser amada, antes su desvelo era, en dejando la labor, acudir al arpa junto con criadas que tenía buscadas al intento que sabían cantar, y con ellas entretener y pasar el tiempo, aunque no sé para qué buscamos ocasiones de pasarle, que él se pasa bien por la posta.

Todo el tiempo que he dicho pasó don Esteban en esta suspensa y triste vida, sin hallar modo ni manera para descubrir a Laurela su amor; unas veces por falta de atrevimiento, y las más por no hallar ocasión, porque las veces que salía de casa era con su madre y hermanas, y cuando no fuera esto, ella atendía tan poco a sus criados que los pagaba con un descuidado descuido.

Pues considerando el atrevido mozo lo poco que granjeaba aguardando a que por milagro supiera Laurela su amor, intentó uno de los mayores atrevimientos que se pueden imaginar, y que no se pusiera en él sino un hombre que no estimara la vida, y fue que, hallándose un día en casa de un amigo casado, estaba allí una mujer que había sido criada de la casa de Laurela, a quien él reconoció, como quien medianamente por su asistencia conocía de vista a todas, y haciéndose algo desentendido, dijo:

—Paréceme, señora, haberos visto, mas no me puedo acordar dónde.

La moza, acordándose haberle visto algunas veces en aquella casa, le respondió:

—Habreisme visto, señor, hacia el Carmen, que allí cerca he servido algunos meses en casa de don Bernardo.

—Así es —dijo él—, que en esa misma casa os he visto, y no me acordaba.

—Y yo a vos —dijo la moza— os he visto algunas veces pasar por esa misma calle.