—Tengo en ella —dijo don Esteban— un galanteo, y por eso la paseo a menudo. ¿Mas por qué os salisteis de esa casa, que tengo noticia de ser buena?

—¡Y cómo que lo es! Mas en habiendo muchas criadas, fácil cosa es encontrarse unas con otras, y así me sucedió a mí. Yo servía en la cocina: hay en casa otras tres doncellas, reñimos una de ellas y yo, y la una por la otra nos despedimos, y cierto que me ha pesado, porque los señores son unos ángeles, en particular mi señora Laurela, que es la menor de tres hijas que hay, que solo por ella se puede servir de balde, porque como es muchacha, todo el día anda jugando con las criadas.

—Hermosa es esa dama —respondió don Esteban—, más que sus hermanas.

—¡Qué tiene que hacer; ay, señor mío! Vale más la gracia, el donaire y el agrado de mi señora Laurela que todas las demás, y más cuando toma el arpa y canta, que no parece sino un ángel.

—¿Tan bien canta? —dijo don Esteban.

—Excelentísimamente —respondió la moza—; y es tan aficionada a la música que cuantas criadas recibe gusta que sepan cantar y tañer, y si no lo saben y tienen voz, las hace enseñar, y como lo sepan, no se les da nada a sus padres que no sepan otra labor; porque aman tan tiernamente a esta hija que no tratan sino de agradarla y servirla, y en siendo músicas, no regatean con ellas el salario. Y yo aseguro que habrá sentido harto mi señora Laurela la ida de la que riñó conmigo, porque cantaba muy bien; y aun yo, con no saber cómo se entona, si mucho estuviera allí, saliera cantora; que como la escuchaba a todas horas, también yo, en la cocina, al son de mis platos, entonaba y decía mil letrillas.

Oído esto por don Esteban, al punto fundó en ello su remedio, porque despedido de allí, se fue a la platería, y vendiendo algunas cosillas que tenía granjeadas, compró todo lo necesario para transformarse en doncella; y no teniendo necesidad de buscar cabelleras postizas, porque en todos tiempos han sido los hombres aficionados a melenas, aunque no tanto como ahora, apercibiéndose de una navaja para cuando el tierno vello del rostro le desmintiese su traje, dejando sus golillas a guardar a un amigo, sin darle parte de su intento, se vistió y aderezó de modo que nadie juzgara sino que era mujer, ayudando más el engaño tener muy buena cara, que con el traje que digo daba mucho que desear a cuantos le veían.

Hecho esto, se fue a casa de Laurela y dijo a un criado que avisase a su señora si quería recibir una doncella, porque tenía noticia de que se había despedido una.

Los criados, como su ejercicio es murmurar de los amos, pues les parece que solo para eso les sustentan, le dijeron, burlándose de la condición de Laurela, que si no sabía tañer y cantar que bien se podía volver por donde había venido; porque en aquella casa no se pedía otra labor, y que siendo música la recibirían al punto.

—Siempre oí —dijo don Esteban— que tañer y cantar no es ajuar; mas si en esta casa gustan de eso, les ha venido lo que desean; que a Dios gracias, mis padres, como me criaron para monja, casi no me enseñaron otro ejercicio: faltáronme al mejor tiempo, con que he venido desde señora a servir, y me acomodo mejor a esto que no a hacer otra flaqueza.