—Sí, mas yo quisiera saber —replicó la otra doncella— qué piensa sacar Estefanía de amar a mi señora Laurela, que muchas veces, a no ver su hermosura, y haberla visto algunas veces desnuda, me da una vuelta el corazón pensando que es hombre.
—Pluguiera a Dios, amiga —dijo Estefanía—, dieras cuatro en los infiernos; mas eso es vivir de esperanza; aunque qué sé yo si algún día hará, viéndome morir de imposible, algún milagro conmigo.
—El cielo excuse ese milagro por darme a mí gusto —dijo Laurela—, porque no soy amiga de prodigios, y de eso no pudieras ganar más de perderme para siempre.
Con esto pasaban, teniendo todas chacota y risa con los amores de Estefanía, que aunque disimulaba, no estaba poco penada al ver que ya las compañeras, entre burlas y veras, jugando unas con otras, procuraban ver si era mujer u hombre; demás que había menester andar con demasiada cuenta con las barbas que ya empezaba a hacer, y no sabía cómo declararse con Laurela, ni menos librarse de su padre, que perdido por ella, era sombra suya en todas las ocasiones que podía.
Pues sucedió, porque la fatal ruina de Laurela venía a toda diligencia, que aquel caballero que vivía en casa y amaba a Laurela con mortales celos de Estefanía, tornó a pedírsela por esposa a su padre, diciendo, porque no se la negase, que no quería otro dote con ella sino el de su hermosura y virtudes.
Don Bernardo, codicioso, aceptó luego, y tratándolo con su mujer e hija, la hermosa Laurela obedeció a su padre, diciendo no tenía más gusto que el suyo; y con esto, muy contenta, entró donde estaba Estefanía y las demás criadas, y las dijo:
—Ya, Estefanía, ha llegado la ocasión en que podré hacer por ti, y pagarte el amor que me tienes.
—¿En qué forma, señora mía? —respondió ella.
—En que me caso —tornó a responder Laurela—, que ahora me lo acaba de decir mi padre, que me ha prometido por esposa a don Enrique.
Apenas oyó estas últimas palabras Estefanía, cuando con un mortal desmayo cayó en el suelo, con lo que todas se alborotaron; y más Laurela que, sentándose y tomándole la cabeza en su regazo, empezó a desabrocharle el pecho, apretarle las manos y pedir apriesa agua, confusa, sin saber qué decir de tal amor y sentimiento.