Al cabo de un rato, con los remedios que se le hicieron, Estefanía volvió en sí, con que ya consoladas todas, mandó Laurela fuesen a acostarla.
Laurela, mientras las demás fueron a que se acostase, quedó revolviendo en su pensamiento mil quimeras, no sabiendo dar color de lo que veía hacer a aquella mujer; mas que fuese hombre jamás llegó a su imaginación, que si tal pensara, no hay duda sino que resueltamente la apartara de sí sin tornarla a ver, y no le valiera menos que la vida.
Acostada Estefanía y las criadas ocupadas en prevenir la cena, Laurela entró donde estaba y, sentándose sobre la cama, la dijo:
—Cierto, Estefanía, que me tienes fuera de mí, y que no sé a qué atribuya las cosas que te veo hacer después que estás en casa. Y acaso pensara, a no ser cosa imposible y que pudiera ocasionar muchos riesgos, o que no eres lo que pareces, o que no tienes juicio. ¿Qué perjuicio te viene de que yo tome estado, para que hagas los extremos que esta noche he visto?
—El de mi muerte —respondió Estefanía—; y pues morir, viéndote casada, o morir a tus manos todo es morir, mátame o haz lo que quisieres, que ya no puedo callar, ni quiero: tan aborrecida tengo la vida que por no verte en poder de otro dueño, la quiero de una vez perder. No soy Estefanía, no, don Esteban soy, un caballero de Burgos, que enamorado de la extrema belleza que te dio el cielo, tomé este hábito, por ver si te podía obligar con estas finezas a que fueses mía; porque aunque tengo nobleza con que igualarte, soy tan pobre que no he tenido atrevimiento de pedirte a tu padre, teniendo por seguro que el granjear tu voluntad era lo más esencial, pues una vez casado contigo, tu padre había de tenerse por contento, pues no me excede más que en los bienes de fortuna, que el cielo los da y los quita. Ya te he sacado de confusión, cuerda eres, obligada estás de mi amor; mira lo que quieres disponer, porque apenas habrás pronunciado la sentencia de mi muerte con negarme el premio que merezco, cuando yo me la daré con esta daga que tengo debajo de la almohada para este efecto.
Figura de mármol parecía Laurela: tan helada y elevada estaba oyendo a Estefanía, que apenas osaba apartar de ella los ojos, pareciéndola que en aquel breve instante que la perdiese de vista, se la había de transformar, como lo había hecho de Estefanía en don Esteban, en algún monstruo o serpiente; y visto que callaba, no sabiendo si eran burlas o veras sus razones, le dijo (ya más cobrada del susto que le había dado con ellas):
—Si no imaginara, Estefanía, que te estás burlando conmigo, la misma daga con que estás amenazando tu vida fuera verdugo de la mía y castigo de tu atrevimiento.
—No son burlas, Laurela, no son burlas —respondió Estefanía—, ya no es tiempo de burlarme, que si hasta aquí lo han sido y he podido vivir de ellas, era con las esperanzas de que habían de llegar las veras, y habías de ser mía, y si esto no llegara a merecer, me consolara con que si no lo fueras, por lo menos no te hicieras ajena, entregándote a otro dueño; mas ya casada, o concertada, ¿qué tengo que esperar sino morir? ¿Es posible que has estado tan ciega que en mi amor, en mis celos, en mis suspiros y lágrimas, en los sentimientos de mis versos y canciones, no has conocido que soy lo que digo y no lo que parezco?; porque, ¿quién ha visto que una dama se enamore de otra? Y supuesto esto, o determínate a ser mía, dándome la mano de esposa, o apenas saldrás con intento contrario por aquella puerta, cuando yo me haya quitado la vida; y veremos luego qué harás, o cómo cumplirás con tu honor para entregarle a tu esposo y para disculparte con tus padres y con todo el mundo; que claro es que hallándome sin vida, y que violentamente me la he quitado, y viendo que no soy mujer, si primero creyendo que lo era solemnizaban por burlas mis amores, conociendo las veras de ellos, no han de creer que tú estabas ignorante sino que con tu voluntad me transformé contigo.
¿Quién podrá ponderar la turbación y enojo de Laurela, oyendo lo que don Esteban con tanta resolución decía? Ninguno por cierto. Mas en lo que hizo se conocerá: que fue, casi fuera de juicio, asir la daga que en la mano tenía, diciendo:
—Matándome yo, excusaré todas estas afrentas y evitaré que lo hagan mis padres.