Mas don Esteban, que estaba con el mismo cuidado, la tuvo tan firme que las flacas fuerzas de la tierna dama no bastaron a sacarla de sus manos; y viéndola tan rematada, la rogó se aquietase, que todo era burla, que lo que era la verdad era ser Estefanía y no más, que se mirase muy bien en todo y que no se precipitase, que Estefanía sería mientras ella gustase que no fuese don Esteban.

Con esto, Laurela, sin hablarle palabra, con muy grande enojo, se salió y la dejó contenta con haber vencido la mayor dificultad, pues ya por lo menos sabía quién era, la cual, ni segura de que fuese Estefanía ni cierta de que era don Esteban, se fue a su aposento con grandísima pasión, y sin llamar a nadie se desnudó y acostó, mandando dijesen a sus padres que no salía a cenar por no sentirse buena.

Dormían todas tres hermanas, aunque en camas distintas, en una misma cuadra, con lo que Laurela se aseguró de que Estefanía no se pondría en ningún atrevimiento, caso que fuese don Esteban; y ya todos recogidos y aun dormidos, sola Laurela desvelada y sin sosiego, dando vueltas por la cama, empezó a pensar qué salida tendría de un caso tan escandaloso como el que le estaba sucediendo.

Unas veces se determinaba a avisar a su padre de ello: otras si sería mejor decir a su madre que despidiese a Estefanía, y otras miraba los inconvenientes que podrían resultar si su padre no creyese que ella de tal atrevimiento estaba inocente.

Ya se aseguraba en lo mucho que la querían sus padres y cuán ciertos estaban de su virtuosa y honesta vida: ya reparaba que, cuando sus padres se asegurasen, no lo había de quedar el que había de ser su esposo, pues comunicación de tanto tiempo con Estefanía había de criar en él celosos pensamientos, y que, o había de ser para perderle, o para vivir siempre mal casada, pues no podía esperarse menos de marido que entraba a serlo por la puerta del agravio, y no de la confianza.

Consideraba luego las bellas prendas de don Esteban, y parecíale que no le aventajaba don Enrique más que en la hacienda; y para esta falta (que no era pequeña) echaba en la balanza de su corazón, por contrapeso, para que igualase el amor de don Esteban, la fineza de haberse puesto por ella en un caso tan arduo, las lágrimas que le había visto verter, los suspiros que le había oído desperdiciar, las palabras que le había dicho aquella noche, que con estas cosas y otras tocantes a su talle y gracias igualaba el peso, y aun hacía ventaja.

Ya se alegraba, pareciéndole que, si le tuviese por esposo, todas podían envidiar su dicha; ya se entristecía, pareciéndole que su padre no le estimaría, aunque más noble fuese, siendo pobre.

En estos pensamientos y otros muchos, vertiendo lágrimas y dando suspiros, sin haber dormido sueño, la halló la mañana; y lo que peor es, que se halló enamorada de don Esteban, que como era niña, mal leída en desengaños, aquel rapaz enemigo común de la vida, del sosiego, de la honestidad y del honor, el que tiene tantas vidas a cargo como la muerte, el que, pintándole ciego, ve adónde, cómo y cuándo ha de dar la herida, asestó el dorado arpón al blando pecho de la delicada niña, y la hirió con tanto rigor que ya cuantos inconvenientes hallaba antes de amar, los hallaba fáciles. Ya le pesara que fuera Estefanía y no don Esteban, ya se reprendía de haber hablado con aspereza, ya temía si se había muerto, como lo había de hacer, y al menor ruido que sentía fuera, le parecía que eran las nuevas de su muerte.

Todas estas penas la ocasionaron un accidente de calentura que puso a todos en gran cuidado, como tan amada de todos, y más Estefanía, que como lo supo, conociendo procedía de la pena que había recibido con lo que le había dicho, se vistió y fue a ver a su señora, muy triste y los ojos muy rojos de llorar, lo que notó muy bien Laurela, como quien ya no la miraba como a Estefanía sino como a don Esteban.

Vino el médico y mandó sangrar a Laurela, y ejecutado ese remedio saliéronse todos de allí, juzgando que donde Estefanía asistía sobraban los demás en servir a Laurela.