Últimamente, por ir dando fin a este discurso, tanto hizo Estefanía puesta de rodillas delante de la cama, tanto rogó y tanto lloró, y todo con tan ternísimos afectos y sentimientos, que ya cierta Laurela de ser don Esteban, perdió el enojo y perdonó el atrevimiento del disfraz, y prometiéndose el uno al otro palabra de esposo, concertaron se disimulase hasta que ella estuviese buena, que entonces determinarían lo que se había de hacer para que no tuviesen trágico fin tan extraños y prodigiosos amores.

¡Ay, Laurela, y si supieras cuán trágicos serán, no hay duda sino que antes te dejaras morir que aceptar este concierto! Mas inútil es querer excusar lo que ha de ser; y así le sucedió a esta mal aconsejada niña. ¡Oh traidor don Esteban! ¿En qué te ofendió la candidez de esta inocente, que tan aprisa la vas diligenciando su perdición?

Más de un mes estuvo Laurela en la cama bien apretada de su mal, que valiera más que la acabara: mas ya sana y convalecida, concertaron ella y su amante, viendo con la prisa que se le facilitaba su matrimonio con don Enrique, quien hechas las capitulaciones y corridas dos amonestaciones, no aguardaba a más que pasase la tercera para desposarse, y viendo también cuán imposible era estorbarlo, ni persuadir a sus padres que trocasen a don Enrique por don Esteban, pues no era lance ajustado el descubrir en tal ocasión el engaño de Estefanía, menos que estando los dos seguros de la indignación de don Bernardo y don Enrique, que ya como hijo era admitido; concertaron, digo, que se ausentarían una noche, y puestos en cobro y ya casados, sería fuerza aprovecharse del sufrimiento, pues no había otro remedio, y que interpondrían personas que con su autoridad alcanzasen el perdón de su padre.

Suspendieron la ejecución para de allí a tres días, y Estefanía, con licencia de su señora, diciendo iba a ver una amiga o parienta, salió a prevenir la parte adonde había de llevar a Laurela, como quien no tenía más casa ni bienes que su persona, y en esa había más males que bienes, que fue en casa de un amigo, que aunque era mancebo por casar, no tenía mal alhajado un cuarto de una casa en que vivía, que era el mismo donde don Esteban había dejado a guardar un vestido y otras cosillas, no de mucho valor.

Cuando el tal amigo le vio con el hábito de dama, pues él creía estaba fuera de Madrid, santiguándose le preguntó qué embeleco era aquel. A quien don Esteban satisfizo contándole todo lo que queda dicho; si bien no le dijo quién era la dama.

En fin, le pidió lugar para traerla allí, a lo que el amigo condescendió voluntariamente, no solo por una noche sino por todas las que gustase, y le dio una de dos llaves que tenía el cuarto, quedando advertido que de allí a dos noches él se iría a dormir fuera, porque con más comodidad gozase amores que le costaban tantas invenciones; con lo que se volvió muy alegre a casa de Laurela, la cual aquellos días juntó todas las joyas y dineros que pudo, que serían de valor de dos mil ducados, por tener, mientras su padre se desenojase, con qué pasar.

Llegada la desdichada noche, escribió Laurela un papel a su padre dándole cuenta de quién era Estefanía y cómo ella se iba con su esposo, por dudar que no le admitiría por pobre, aunque en nobleza no le debía nada, y otras muchas razones en disculpa de su atrevimiento, pidiéndole perdón con sentidas expresiones.

Aguardaron a que todos estuviesen acostados y dormidos, y habiendo de nuevo don Esteban prometido a Laurela ser su esposo, que con menos seguridad no se arrojara a tan atrevida acción, dejando el papel sobre las almohadas de su cama, y Estefanía el vestido de mujer en su aposento, se salieron cerrando por defuera la puerta y llevándose la llave, para que, si fuesen sentidos, no pudiesen salir tras ellos hasta que estuviesen en salvo.

Se fueron a la casa que don Esteban tenía apercibida, dando el traidor a entender a la desdichada Laurela que era suya, donde se acostaron con el mayor reposo, Laurela creyendo que con su esposo y él imaginando lo que había de hacer, que fue lo que ahora se dirá.

Apenas se empezó a reír la mañana cuando se levantó e hizo vestir a Laurela, pareciéndole que a esta hora no había riesgo que temer, como quien sabía que en casa de Laurela las criadas no se levantaban hasta las ocho y los señores a las diez, si no era el criado que iba a comprar.