Vestido él, y Laurela bien temerosa qué sería tanto madrugar, facción bien diferente de la que ella esperaba, la hizo cubrir el manto, y tomando las joyas y dineros, salieron de casa y la llevó a Santa María, iglesia mayor de esta corte, y en estando allí la dijo estas razones:

—Las cosas, hermosa Laurela, que se hacen sin más acuerdo que por cumplir con la sensualidad del apetito, no pueden durar, y más cuando hay tanto riesgo como el que a mí me corre, sujeto al rigor de tu padre y esposo, y al de la justicia, que no me amenaza menos que la horca: yo te amé desde que te vi, e hice lo que has visto, y te amo por cierto, mas no con aquella locura que antes, cuando no miraba en riesgo alguno, mas ya los veo todos y a todos los temo; con que es fuerza desengañarte.

Yo, Laurela, no soy de Burgos, ni caballero, porque soy hijo de un pobre oficial de carpintería, que por no inclinarme al trabajo me vine a este lugar, donde sirviendo he pasado fingiendo nobleza y caballería: te vi y te amé, y busqué la invención que has visto hasta conseguir mi deseo; y si bien no fueras la primera en el mundo que casándose humildemente ha venido de alto a bajo estado, y trocando la seda en sayal ha vivido con su marido contenta, aun cuando yo quisiera hacer esto, me es imposible, porque soy casado en mi tierra, que no es veinte leguas de aquí, y mi mujer la tienen mis padres en su casa, sustentándola con su pobre trabajo.

Esto soy; y como no hay tal potro como el miedo, que en él se confiesan verdades, puedes considerar cómo me atreveré a ser hallado de tu padre, pues a este punto ya seré buscado, y no puedo esperar sino la muerte, que tan merecida tengo por la traición que en su casa he cometido.

Nada miraba con el deseo de alcanzar tu hermosura; mas ya es fuerza que lo mire, y así vengo determinado a dejarte aquí, y ponerme en salvo, y para hacerlo tengo necesidad de estas joyas que tú no has menester, pues te quedas en tu tierra, donde tienes deudos que te ampararán, y ellos reportarán el enojo de tu padre, que al fin eres su hija y considerará la poca culpa que tienes, pues has sido engañada.

Aquí no hay que gastar palabras ni verter lágrimas, pues con nada de esto me has de enternecer, porque primero es mi vida que todo; antes tú misma, si me tienes voluntad, me aconsejarás lo mismo; pues no remedias nada con verme morir delante de tus ojos, y todo lo que me detengo aquí contigo pierdo de tiempo para salvarme.

Sabe Dios que si no fuera casado no te desamparara, aunque fuera echarme una esportilla al hombro para sustentarte, que ya pudiera ser que tu padre, por no deshonrarse, gustara de tenerme por hijo; mas si tengo mujer, mal lo puedo hacer, y más que cada día hay aquí gente de mi tierra que me conocen y luego han de llevar allá las nuevas, y de todas maneras tengo de perecer.

Dicho te he lo que importa, conque quédate a Dios, que yo me voy a poner al punto a caballo para en partiéndome de Madrid excusarme el peligro que me amenaza.

Dicho esto, sin aguardar respuesta de la desdichada Laurela, sin obligarse de su lindeza, sin enternecerse de sus lágrimas, sin apiadarse de sus tiernos suspiros, sin dolerse del riesgo y desamparo en que la dejaba, como vil y ruin, que quiso más la vida infame que la muerte honrosa, pues muriendo a su lado cumplía con su obligación, la dejó tan desconsolada como se puede imaginar, vertiendo perlas y pidiendo a Dios la enviase la muerte, marchándose donde hasta hoy no se saben nuevas de él; si bien piadosamente podemos creer que no le dejaría Dios sin castigo.

Dejemos a Laurela en la parte dicha, adonde la trajo su ingrato amante, o donde se trajo ella misma por dejarse tan fácilmente engañar, implorando justicias contra el traidor y temiendo las iras de su padre, sin saber qué hacer ni dónde irse; y vamos a su casa, que hay bien que contar en lo que pasaba en ella.