Así que fue hora de que el criado que tenía a cargo el ir a comprar lo necesario se vistiese, fue a tomar la llave (que siempre para este efecto quedaba en la puerta por la parte de adentro, porque no inquietasen a los señores que dormían), y como no la halló, pensando que Estefanía, que era la que cerraba, la habría llevado, hubo de aguardar hasta que ya las criadas vestidas salieron a aliñar la casa, y dícholes fuesen a pedir la llave a Estefanía, de que enfadadas, así como envidiosas de ver que ella lo mandaba todo, después de haber murmurado un rato, como se acostumbra entre este género de gente, entraron a su aposento, y como no hallaron sino solos los vestidos sobre la cama, creyeron se habría ido a dormir con Laurela, de quien no se apartaba de noche ni de día; mas como viesen que sus señoras reposaban, no se atrevieron a entrar, y volviéndose afuera empezaron a decir bellezas sobre la curiosidad de quitar la llave; y así estuvieron hasta que fue hora, que entrando en la cámara y abriendo las ventanas para que despertasen, viendo las cortinas de la cama tiradas, abriéndolas decían: «¿Dónde Estefanía puso anoche la llave de la puerta?».

Ni hallaron a Estefanía ni a Laurela, ni otra cosa más del papel sobre las almohadas; y viendo un caso como este, dieron voces, a las cuales las hermanas, que estaban durmiendo con el descuido que su inocencia pedía, despertando despavoridas y sabido el caso, saltaron de las camas y fueron a la de Laurela, entendiendo era burla que les hacían las doncellas, y mirando no solo en ella, mas debajo y hasta los más pequeños dobleces, creyendo en alguno las habían de hallar, con que desengañadas tomaron el papel, que visto, decía el sobrescrito a su padre, llorando y viendo por esta seña que no había que buscar a Laurela, se le fueron a llevar, contándole lo que pasaba, que por no ser cansada no refiero lo que decía, mas de que, como he dicho, le contaba quién era Estefanía y la causa porque se había transformado de caballero en dama, como era don Esteban de Feí, caballero de Burgos, y como a su esposo le había dado posesión de su persona, y se iban hasta que se moderase su ira, y otras cosas a este modo, parando en pedirle perdón, pues el yerro solo tocaba en la hacienda, que en la calidad no había ninguno.

La pena que don Bernardo sintió, leído el papel, no hay para qué ponderarla, mas era cuerdo, y tenía honor, y consideró que con voces y sentimientos no se remediaba nada, antes era espantar la caza para que no viniese a su poder. Consideró esto en un instante, pareciéndole mejor modo para cogerlos y vengarse mostrarse risueño.

Viendo a doña Leonor y sus hijas deshacerse en llanto, las mandó callar y que no alborotasen la casa, ni don Enrique entendiese el caso hasta que con más acuerdo se le dijese: que para qué habían ellas de llorar el gusto a Laurela, y que pues ella había escogido esposo y le parecía que era mejor que el que le daba, que Dios la hiciese bien casada, y cuando quisiese venir a él, claro está que la había de recibir y amparar como a hija.

Con esta disimulación, pareciéndole que no se le encubrirían para darles el merecido castigo, mandó a los criados que, pena de su indignación, no dijesen a nadie nada, y a su mujer e hijas que callasen.

Ya que no los excusó la pena, moderó los llantos y escándalo, juzgando todos que pues no mostraba rigor, que presto se le pasaría el enojo, si tenía alguno, los perdonaría y volvería a su casa; si bien su madre y hermanas a lo sordo se deshacían en lágrimas, ponderando entre ellas las palabras y acciones de la engañosa Estefanía, advirtiendo entonces lo que valiera más hubieran hecho antes.

Tenía don Bernardo una hermana casada, cuya casa estaba cerca de Santa María, y su marido oía todos los días misa en la dicha iglesia: este pues, como los demás días, llevado de su devoción, entró casi a las once en ella, donde halló a Laurela, la que, aunque le vio y pudiera encubrirse, estaba tan desesperada y aborrecida de la vida que no lo quiso hacer, y como la vio tan lejos de su casa, sola sin su madre ni hermanas, ni criada alguna, y sobre todo tan llorosa, le preguntó la causa, y ella, con el dolor de su desdicha, se la contó, pareciéndole que era imposible encubrirlo, supuesto que ya por el papel que había dejado a su padre estaría público.

Algunos habrá que digan fue ignorancia; mas bien mirado, ¿qué podía hacer, supuesto que su desdicha era tan sin remedio? Porque como creyó que su atrevimiento no tenía de yerro más de casarse sin gusto de su padre, con esa seguridad le había declarado tanto en el papel; y así, en esta ocasión no le encubrió a su tío nada, antes le pidió su amparo; y el que la dio fue que, diciéndola palabras bien pesadas, la llevó a su casa y la entregó a su tía diciéndole lo que pasaba, que aun con más rigor que su marido la trató, poniendo en ella violentamente las manos, con lo que la desdichada Laurela, demás de sus penas, se halló bien desconsolada y afligida. Fue el tío al punto a casa de su cuñado, dándole cuenta de lo que pasaba. Con esta segunda pena se renovó la primera, de la que aún no tenía los ojos enjutos.

En fin, por gusto de su padre, Laurela quedó en casa de su tía hasta que se determinase lo que se había de hacer, y por ver si se podía coger el engañador. Los dos juntos contaron a don Enrique lo que había sucedido, del cual fue tan tierno el sentimiento que fue milagro no perder la vida, además que le pidió que pasasen adelante los conciertos sin que sus padres supiesen lo que pasaba: que si Laurela había sido engañada, el mismo engaño la servía de disculpa: tan enamorado estaba don Enrique. A quien su padre respondió que no tratase de eso, que ya Laurela no estaba más que para un convento.

Más de un año estuvo Laurela con sus tíos, sin ver a sus padres ni hermanas porque su padre no consintió que la viesen; ni él, aunque iba algunas veces a casa de su hermana, no la veía, ni ella se atrevía a ponérsele delante, antes se escondía temerosa de su indignación, pasando una triste y desconsolada vida, sin que hubiese persona que la viese, ni en ventana ni en la calle, porque no salía si no era muy de mañana a misa, ni aun reía ni cantaba como solía; hasta que al cabo de este tiempo un día de Nuestra Señora de Agosto, con su tía y criadas madrugaron y se fueron a Nuestra Señora de Atocha, donde, para ganar el jubileo que en este día hay en aquella santa iglesia, confesaron y comulgaron: Laurela, con buena intención (¿quién lo duda?); mas la cruel tía no sé cómo la llevaba, pues no ignoraba la sentencia que estaba dada contra Laurela, antes había sido uno de los jueces de ella.